Mártires por Chanel

EL ÁLAMO

Publicado: 10 abr 2025 - 06:00
Foto de José Paz.
Foto de José Paz. | JOSÉ PAZ.

Empieza la temporada de bodas, ha salido del sol de verdad, y la ciudad está llena de tipos corriendo y jadeando como perros, que yo los veo pasar y salto instintivamente a lo alto de un contenedor por si vienen detrás los toros. Empieza la competición por ser el más guapo y los cuerpos se vuelven poco a poco esculturales, pero por desgracia la mayoría siguen sin enviar el cerebro al gimnasio. Ahora ya no se sale a ligar, nadie necesita calor domiciliario en esta época, sino a presumir, y las parejas que se enamoran, se enamoran demasiado fuerte, porque la primavera trae algo en el ambiente que lo vuelve todo picante.

Las gaviotas pugnan por defender sus tejados junto a sus parejas, y palomas y gorriones se persiguen ruidosamente, sin ocultar lo más mínimo sus más íntimas pasiones. El mundo animal sigue su curso y el nuestro no es muy diferente.

Tengo el récord del mundo de aceleración en los semáforos que cambian a verde y, pese a todo, hoy me han tocado el pito varias veces, y la bocina también. La ansiedad primaveral de los conductores nos alcanza a todos. Nos convierte en tipos infames. A menudo hacemos en el coche lo que nos gustaría hacer con la vida si pudiera conducirse con un volante y tres pedales.

Escribo otra vez en las terrazas, ahora que parece que han pasado las borrascas, y estoy observando algo estos días que me llena de esperanza en mi propio negocio, que es escribir: cada vez veo más chicos solitarios leyendo un libro de papel al sol en una cafetería. La gente joven, tan digital, está descubriendo ese dulce veneno, y no puedo estar más contento. Resulta un empujón de energía extra para la ardua tarea de culminar la novela en la que llevo más de un año inmerso, y en la que estoy depositando todo lo que pudiera quedarme de oficio, humor, y pasión. En efecto: estoy en la decimoséptima crisis de la decimosegunda mediana edad, pero la vieja estilográfica sigue haciendo la danza de la tinta.

Foto de José Paz.
Foto de José Paz. | JOSÉ PAZ.

A mi lado, en la mesa contigua, una pareja está cortando. Llevan dos meses. Eso es menos que la prueba gratuita de cualquier app. Al menos no se han dicho adiós mediante una historia de Instagram. Él le dice a ella que no entiende cómo no lo ha visto venir. Y ella, sollozando –o fingiendo muy bien-, le responde que ya da igual. Omito que la muchacha no pasa desapercibida –infinita melena azabache y ojos de piedra de mar-, y que hará unas noches la vi bailando con entusiasmo con un tipo que no era el que estaba intentando salvar lo insalvable. Tengo un amigo que dice que el prejuicio es la base de la civilización, el gran motor diferencial. Yo no lo creo. Y odio cuando tiene razón.

Es época de amores fugaces. Aquellos a los que cantó mi amigo César Pop cuando quería volver a “los veranos largos, de los amores breves”. Cruzas la ciudad y se ha llenado de gente guapa. Los perfumes de las chicas ya no se los lleva el viento, sino que vaporean al calor de la media tarde, y se entremezclan con los azahares, lilas, y manzanos de flor que van tiñendo las calles. Las gaviotas pugnan por defender sus tejados junto a sus parejas, y palomas y gorriones se persiguen ruidosamente, sin ocultar lo más mínimo sus más íntimas pasiones. El mundo animal sigue su curso y el nuestro no es muy diferente.

Todos traemos ahora en el corazón un poco de Sevilla, un poco de feria, y un puñado de abriles, y resistimos con Siempre Así y Kiko Veneno al machacón tono absorto de los cantantes de reggaetón que nos atormentan en los semáforos. La modernidad ha hecho que el buen gusto sea un fortín. Se ha dicho, y es cierto, que nadie moriría por el sistema métrico decimal, pero sí por la elegancia y la higiene. No tengo ninguna intención de bajar al campo de batalla, ni tengo edad para jugarme mis nobles atributos en la primera línea, pero si algo podría hacerme levantar del asiento, dejar la cerveza en la mesa, y coger orgulloso mis botas y el fusil, sería una guerra contra por la higiene y la educación. Yo ya no podría, en fin, morir por casi ninguna bandera, pero no tengo reparo alguno en dejarme martirizar por salvar el olor a Chanel como feliz celebración de la luminosa primavera de España.

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