Sonia Torre
UN CAFÉ SOLO
Las palabras
Qué es lo peor que nos puede pasar hoy? Para mucha gente, desde los más pequeños a los más mayores, que nos desconecten. Que perdamos el móvil o que haya un apagón -como el que ya padecimos y que se puede repetir en cualquier momento- que nos deje sin móvil o sin ordenador y el mundo se pare. Si eso es un problema terrible para los jóvenes y para los no tan jóvenes, la desconexión, sumada a la soledad creciente, es mucho peor para los mayores. Sin un móvil a mano, el peligro y el vacío se multiplican. El 59 por ciento de las personas de 65 a 74 años (que no son ancianos solo mayores) carece de competencias digitales básicas, una cifra que sube al 92 por ciento en los mayores de 75 años. Hablo de lo básico, poder comunicarse a través de un teléfono móvil, por ejemplo. Cuando se trata de relacionarse con la administración electrónica -pedir una cita médica, enviar un documento, darse de baja en un servicio, contratar otro- menos del 40 por ciento es capaz de hacerlo.
Se enciende al cogerlo, muestra una única pantalla con las caras de los principales contactos y basta con tocarla para llamar.
Así que mientras los políticos andan tratando de poner barreras a los menores en las redes o se enredan con un transporte ferroviario deficiente y peligroso, los mayores siguen siendo una especie no protegida. Y no se trata de prometerles milagros sino de facilitarles la vida. Un joven ingeniero aragonés, Jorge Terreu, vivió el problema durante la pandemia mientras él estaba en Lyon. Era casi imposible comunicarse con su abuela. Tenía móvil, pero apenas sabía usarlo. Por eso, en lugar de reclamar derechos, se puso a trabajar y diseñó un móvil para personas mayores que se controla desde el teléfono que hace la llamada para que ellos, los mayores, no tengan que hacer nada, ni siquiera tocarlo. Lo hizo viendo cómo ella lo usaba, qué le daba miedo y qué le resultaba cómodo. “Ahí aprendí, dice Jorge, que el verdadero reto no era hacer tecnología avanzada sino dejar sólo lo esencial”. El móvil se llama como su abuela, Maximiliana, y la empresa que este joven ingeniero creó, una startup centrada en la innovación, también tiene el mismo nombre, Maximiliana. Permite llamadas ilimitadas y videollamadas, tiene una batería duradera, puede habilitar las apps que necesite el usuario y otros servicios. Se enciende al cogerlo, muestra una única pantalla con las caras de los principales contactos y basta con tocarla para llamar. Sin teclear, sin configuraciones complejas. Incluso permite llamadas de emergencia simplemente agitando el móvil. Y una cuota fija mensual, sin permanencia, claramente accesible para casi todo el mundo. No venden datos, no hay costes ocultos ni letra pequeña. La medida de edad de los usuarios es de 84 años y hay más de 50 usuarios centenarios.
Después de las pruebas oportunas en un hospital de Zaragoza, ya hay casi 12.000 personas que lo utilizan, fundamentalmente en España, y ahora pretenden crecer, sin rondas de financiación, a otros países de Europa e Hispanoamérica. La empresa factura unos 100.000 euros mensuales, más de un millón de euros al año. Jorge acaba de ser premiado hace unos días por la Fundación Independiente que preside el ex ministro Rafael Catalá. Merece más.
España es un país de emprendedores, de autónomos que se juegan todo sin apoyos y ayudas suficientes. No se trata de vender motos muchas veces sin ruedas, sino de hacer presente en la vida de las personas, si son mayores con mayor necesidad, servicios que salvan vidas, que luchan contra la soledad y la desconexión y que hacen que los que de verdad lo necesitan puedan vivir con dignidad. Seguro que hay más “maximilianas” en el mercado. Pero casi nunca nos ponen delante el esfuerzo de ciudadanos de a pie que ayudan a cambiar de verdad el mundo de las personas. Esta es la buena política, la gran política, de la que tan necesitados estamos.
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