Manuel Baltar
Galicia y la cumbre
Sigmund Freud: “La mentira no es un simple acto moral condenable, sino una estructura fundamental del psiquismo humano y un mecanismo de defensa del Yo”. Yo, por mi parte, adopto exclamar que “el mentir de las estrellas es un muy ligero mentir, ya que nadie va a ir a preguntárselo a ellas”. Hay quien opina, entre los que me encuentro, que el mayor insulto que se le puede hacer a la persona con la que discrepas es replicarle con la mentira; además, la mentira como tal no ostenta nada de ingenioso y, sin embargo, sí hay insultos ingeniosos. Lo dicho viene a cuento debido a que en los últimos tiempos leemos cómo los autollamados progresistas -a los que yo, a muchos de ellos, denomino progresistas de salón y caviar-, los mismos que me acusan que, de esta manera, les insulto, también se sienten contrariados, molestos y victimizados por lo que dicen que se está insultando a Sánchez, mediante una campaña de “berros” al Gobierno en general y Sánchez Pérez-Castejón en particular.
Existen insultos o expresiones insultantes ingeniosas, desde tiempos muy pretéritos. Recuerdo haber leído en “La paz empieza nunca”, libro de Emilio Romero, premio Planeta en su momento, una situación de insulto ingenioso ocurrida en el Congreso durante la Segunda República. Mientras José María Gil Robles hablaba en la tribuna, Indalecio Prieto lo increpó acusándolo de señoritismo con la expresión: “Su señoría es de los que todavía llevan calzoncillos de seda”; a lo que Gil Robles le replicó inmediatamente: “No me imaginaba que su esposa fuese tan indiscreta”. Hoy, y desde hace años, este tipo de respuestas ingeniosas y sobre la marcha no se oyen. O también cuando un diputado se ponía a abandonar el Congreso, sin el permiso de la Presidencia, llevó al presidente a advertirle que no podía hacerlo, recibiendo la contestación de que “tenía una urgencia líquida”, con lo cual hacía ver que la próstata le tenía abducido. En estos tiempos de lenguajes y expresiones tan ordinarias como vulgares, contestaríamos cualquier barbaridad o incluso mandando al adversario a por donde enhebran las agujas.
En un debate público de Sánchez con Rajoy de presidente, el candidato no tuvo reparos en llamarle “indecente”
Los insultos son otra cosa. Generalmente nadie insulta si no lo recibió primero. Así, al inicio de la democracia, a principios de los ochenta, el entonces presidente Adolfo Suárez sufrió el desprecio insultante del todopoderoso socialista Alfonso Guerra, al llamarle “tahúr del Misisipi” y, como diría Neme, se quedó tan pancho don Alfonso. También tildó don Alfonso de “mariposón” a Rajoy o “marmolillo de calle peatonal” a Calvo Sotelo, “víbora con cataratas” a Tierno Galván o “Carlos II vestido de Mariquita Pérez” a Soledad Becerril, etc., insultos vulgares carentes de ingenio alguno. En un debate público de Sánchez con Rajoy de presidente, el candidato no tuvo reparos en llamarle “indecente”. Y con estos antecedentes, los sanchistas salen ahora en tromba, como si no hubiesen matado una mosca o no hubiese antecedente alguno al respecto y, además, preguntándose en qué momento hemos normalizado en nuestro país que se pueda insultar al presidente del Gobierno. Tiene tela de hipocresía la pregunta. Es como para quedarse preocupado por la amnesia que invade la conciencia del sanchismo. O, si no, nos mienten suponiendo que somos parvos amnésicos. ¡Han creado el caldo de cultivo! Como cuando “lo que pasa es que nos conviene que haya tensión”, que le espetó Rodríguez Zapatero a Iñaki Gabilondo tras finalizar una entrevista sin haberse percatado de que el micrófono quedara abierto, en los días previos a las elecciones de 2008. ¡Qué victimismo sanchista! y preguntándose en qué momento se normalizó el insulto al presidente.
Aun así, duelen mucho más determinadas mentiras -y no son pocas- que el sanchismo acapara desde el primer minuto de su mandato. Mentiras que son más malignas y despreciativas que los propios insultos. Qué pensar de cuando Sánchez aseguró, para convencer a los electores, que jamás pactaría con el independentismo, ni con Podemos en el Gobierno, ya que no dormiría. ¡Hizo lo contrario! Hete aquí la mentira como insultante insulto, para beneficio propio. O prometer, electoralmente, que traería a los líderes del “Procès” para ponerlos a disposición judicial y no sólo a la hora de la verdad no los trajo, sino que puso todo de su parte para el indulto y la amnistía. La mentira a cambio de su presidencia. Hay mentiras que son peores, y hacen más daño al interés general, que el propio insulto. ¡Si viviera Freud!, pero como no vive yo le canto al sanchismo: “el mentir de las estrellas es un muy ligero mentir, ya que nadie va a ir a preguntárselo a ellas”.
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