Fernando Román Alonso
TRIBUNA
A casona de Fermín García
TRIBUNA
Sostiene Aloysius que algo estaremos haciendo mal cuando la respuesta a cualquier malestar se encuentra dentro de un blíster. Porque los españoles consumimos millones de ansiolíticos y antidepresivos cada año. Y estas cifras no paran de crecer.
Mientras tanto los problemas de salud mental aumentan, especialmente entre los jóvenes. Pero si el consumo de psicofármacos se dispara y el sufrimiento no disminuye, quizá haya llegado el momento de plantearnos la siguiente incómoda pregunta: ¿estamos realmente tratando enfermedades o anestesiando a una sociedad incapaz de afrontar sus propios problemas?
Releo en estos días “Más Platón y menos Prozac” (1999) de Lou Marinoff, o de como la filosofía podría utilizarse como herramienta terapéutica. Sus enseñanzas siguen vigentes. Nunca antes hemos disfrutado de tanta comodidad material y, sin embargo, pocas generaciones han hablado tanto de ansiedad, vacío o desesperanza. Quizá porque continuamos confundiendo bienestar con ausencia de sufrimiento. Pero no es nuestro deseo provocar confusión. Nadie sensato cuestiona el valor de los tratamientos farmacológicos en la ansiedad y la depresión. Han salvado, salvan y salvarán muchas vidas, y resultan imprescindibles para miles de pacientes.
El problema surge cuando la excepción se convierte en regla y la receta sustituye a la escucha, al acompañamiento y al tiempo. Hoy en día resulta mucho más sencillo prescribir una benzodiacepina que garantizar una cita con un psicólogo antes de varias semanas. Es más barato medicar que cuidar.
Corremos el riesgo de convertir nuestra existencia en una patología, que la tristeza se convierta en un trastorno, el duelo en una enfermedad y la frustración en un desequilibrio químico.
La ansiedad provocada por un empleo precario, una hipoteca imposible, la incertidumbre permanente o una ruptura sentimental se convierte en un problema individual, cuando en realidad es el reflejo de un modelo social que genera cada vez más presión y menos estabilidad.
Vivimos hiperconectados, pero profundamente solos. Exigimos felicidad permanente, éxito inmediato y productividad sin descanso. Y en lugar de preguntarnos qué estamos haciendo mal como sociedad, optamos por silenciar el síntoma. Una pastilla para dormir. Otra para levantarse. Otra para soportar el día.
El riesgo es enorme. No solo por la dependencia que pueden generar algunos fármacos, sino porque terminamos creyendo que todas las emociones desagradables son un fallo que debe corregirse. Y no lo son. Sufrir, perder, fracasar o sentir miedo forman parte de la condición humana. Convertir cualquier incomodidad en un diagnóstico nos hace más vulnerables, no más fuertes.
La salud mental necesita más medios materiales y profesionales. Necesita más psicólogos en la sanidad pública, más educación emocional en las escuelas y políticas que reduzcan la precariedad y la soledad. Porque ningún antidepresivo puede compensar la falta de expectativas, ningún ansiolítico resuelve una vivienda inaccesible y ninguna receta sustituye una conversación o un proyecto de vida.
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