De mentira

UN CAFÉ SOLO

Publicado: 10 nov 2025 - 01:10
Opinión en La Región
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En 1943, en Zúrich, se estrenó la obra del dramaturgo Bertolt Brecht La vida de Galileo. En ella, el autor ponía en boca del personaje principal la siguiente frase: “El que no conoce la verdad es simplemente un ignorante. Pero el que la conoce y la llama mentira, ése es un criminal.” El autor invita a reflexionar sobre la responsabilidad ética y social del conocimiento, especialmente del científico. Aunque resulta aplicable a todos los ámbitos. Más en estos tiempos en los que somos espectadores, tal vez demasiado pasivos, de bochornosos espectáculos donde las mentiras son enaltecidas con pocas o ninguna consecuencia para quien las repite sin cesar. Sin que se le mueva un solo músculo de la cara. Sin que apenas nada ocurra. Admitir que has mentido está bien, siempre que eso conlleve un arrepentimiento y un reconocimiento de la verdad que has intentado ocultar. Reconocerlo como una medalla al mérito, no solo es inmoral, también es peligroso. Debería escandalizarnos más. Sobre todo cuando quien debe ganarse la confianza de los ciudadanos justifica el embuste con un “mentir no es ilegal”. Aunque no siempre sea así. Mentir en determinadas circunstancias sí es delito: hacerlo bajo juramento en un tribunal es perjurio, acusar a alguien falsamente de un delito es calumnia y utilizar el engaño para obtener un beneficio económico ilícito es estafa. Así lo marcan las leyes. Conviene tenerlo en cuenta a la hora de exigir responsabilidades.

Cuestionamos y señalamos a un periodista que no desvela sus fuentes, derecho recogido en la Constitución española, en su artículo 20, para proteger los derechos fundamentales y las libertades públicas

El peligro de dejar que una mentira se asiente con fuerza en el imaginario colectivo es que después de ella llegarán otras muchas. El poeta inglés Alexander Pope, (1688-1744), porque nada de esto es nuevo, ya lo advertía: “El que dice una mentira no sabe qué tarea ha asumido, porque estará obligado a inventar veinte más para sostener la certeza de esta primera”. Y ahí estamos, enredados en un peligroso laberinto de desconfianzas que acabarán por inutilizar el sentido común que nos permita ver la salida. Acabaremos convertidos en el alimento que mantenga con vida al monstruo que empieza a hacerse fuerte.

Cuestionamos y señalamos a un periodista que no desvela sus fuentes, derecho recogido en la Constitución española, en su artículo 20, para proteger los derechos fundamentales y las libertades públicas. Pero pasamos por encima del temerario comentario de otro que hace pública, entre otras cosas, su falta de ética profesional con un jocoso “soy periodista, no notario”. Triturando de esta manera las bases que rigen esta profesión y descalificándola, aún más, ante la opinión pública. Hacer ver que la mentira es algo inherente a la práctica de la política y del periodismo no solo es una gran falacia, es también el principio del fin de una sociedad sana y democrática. Y eso no deberíamos pasarlo por alto, aunque nos digan que no es ilegal.

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