Itxu Díaz
USOS Y COSTUMBRES DEL VERANO
El mercadillo hippie
USOS Y COSTUMBRES DEL VERANO
Todo lugar de veraneo que se precie tiene sus puestecitos de artesanía, dulces tradicionales y pulseritas. Antaño solo había hippies vendiendo bisutería de cuero y conchitas trenzadas a mano. Hoy todo se ha sofisticado tanto que ya solo falta que las grandes marcas instalen también sus casetas, como han hecho con las carrozas del día de Reyes. Los hippies están en peligro de extinción. Casi todos los mercadillos están ahora repletos de puestos de productos locales y artesanía. El hippie de porro y perro aún resiste al invasor, solo hay que saber encontrarlo en medio de las casetas de miel de la Abuela Pato, almendras garrapiñadas, y embutidos leoneses. Si te paseas entre las callejas del centro del pueblo, o incluso entre los puestos del mercadillo itinerante, y tienes suerte, tal vez puedas dar con ellos, como se decía de El Equipo A.
Los puestos de los hippies solían estar inspirados en Ibiza. Tengo para mí que la globalización hippie es fruto de una intoxicación. Algún hippie salió de fiesta en Ibiza al cerrar el mercado y no sabe aún qué ocurrió entremedias, pero ahora está en cualquier pueblo costero de Galicia, vendiendo collares de conchitas, y azulejos que exaltan las bondades del pulpo. Hace años que la moda ibicenca hippie dejó de ser underground y ahora es fácil ver a Carmen Lomano o a Jaime de Marichalar con su tobillera con las iniciales de “Give a peace a chance”, lema que ya era antiguo en 1970.
El Hippie de Toda la Vida (HTV) vendía pulseras de cuero de apestoso olor, y con una duración en muñeca superior a la vida media de un diamante, que solo se destruye bajo condiciones extremas de temperatura y presión. Uno o dos euros era suficiente para hacerte con tu pulsera de recuerdo del verano. Como no se rompían jamás, yo he llegado a acumular hasta 50 pulseras en una misma muñeca, lo que me hacía caminar arrastrando la mano por el suelo, como rodilla de motorista en una curva.
En muchos lugares, el HTV le ha sustituido el Falso Hippie (FH). Se distingue porque no huele a hippie, no tiene perro, es capaz de abrir a más de media asta los ojos, y se le entiende al hablar. Hemos ganado en atención al cliente, pero hemos perdido en calidad, porque sus pulseras duran solo un par de semanas. Por alguna extraña anomalía de la ley de la oferta y la demanda, además, las pulseras de FH han pasado de costar un euro a costar cinco o seis, que los mercadillos hippies de los grandes pueblos de veraneo de Galicia no tienen ya nada que envidiar a las tiendas de complementos de la milla de oro de Madrid.
La degradación del mercado de las pulseritas de los hippies se parece bastante a la evolución de la calidad de la clase política española. Quizá por eso el Gobierno está lleno de FH.
Nuestro comportamiento como turistas es errático e impredecible, pero solo en algunos aspectos. Al recorrer el mercadillo no hay ninguna posibilidad de que dejen de ofrecerte cucharaditas de miel o trocitos de queso, y tampoco hay ninguna posibilidad de que lo rechaces. Siempre vas a probarlo. Da igual que vayas al mercado después de una comida de seis horas y tres platos, da igual que estés a 40 grados, y da igual que no te guste la miel. Gustarás con pasión la cucharadita de miel –rezarás para que alguien haya lavado la cuchara-, dirás que está exquisita y seguirás tu camino. Gran incógnita de la mercadotecnia de mercadillo: ¿por qué nadie compra lo que prueba?
Nueva variante en los mercadillos es la chica del tarot. Su puesto está forrado de telas negras con medias lunas brillantes, luce rastas finas y delicadas –nada que ver con los gruesos cordones de pelo del HTV-, y junto a las figuritas de santos, un platito de incienso da a la estancia el aroma de la catedral de Santiago de Compostela en los días grandes. La muchacha te vende lo mismo un San Pancracio que te agarra la mano y te dice que el amor te está esperando a la vuelta de la esquina, ante la mirada nerviosa de tu marido, que te mantiene agarrada la otra mano por si la bruja te roba y te pone a la venta. El tarot no acierta jamás, los sanpancracios del puesto hippie son muy poco milagreros, y el incienso está a precio de oro pero, aun así, aportan su magia y colorido a los mercados.
Creciente moda son los puestos de quesos y embutidos de elaboración artesanal. Para comprar un queso en uno de estos puestos debes dirigirte antes a la sucursal bancaria más próxima y convencer al banquero de que el crédito en realidad es para hacerte con una vivienda, que será construida el día de mañana alrededor del propio queso.
Otra moda en boga son los puestos de dulces, panes y bollería. La principal diferencia con cualquier otro punto de venta alternativo de estos productos, es que en los mercadillos el pan pesa tres toneladas, las napolitanas tienen el tamaño del Costa Concordia, y con uno solo de los churros, si lo apoyas bien en ambas orillas, puedes cruzar el Miño sin mojarte.
Si el mercadillo tiene buenas dimensiones, no faltará el puesto de especias, con granos y hierbas expuestos al manoseo de todos los turistas, y dejando en toda la zona un olor entre dulce y salado de difícil clasificación. Al verlo, al turista le asalta siempre la misma pregunta: ¿dónde estará el ministerio de Sanidad cuando se le necesita?
Los mercadillos han crecido tanto que es casi complicado salir de ellos, como si fueran centros comerciales. Sin embargo, la manera más rápida de salir es visitar los puestos de artesanía, donde convienen intrigantes tallas de madera de aspecto etíope, con juguetes de elaboración artesanal inspirados en los juegos de los niños de la posguerra. El momento preciso de largarte es cuando tienes entre las manos un tirachinas gigante, un cordón para hacer pompas de jabón hippies –igual que las normales, pero más grandes y diseñadas para que el jabón no les toque-, y un arco con seis flechas que se vende al precio de un fusil de asalto Heckler & Koch G36. Para salir del mercadillo, cuando ya estás entusiasmado con quedarte las tres cosas, solo debes preguntar: “¿cuánto cuesta el arco?”. No hay turista en el mundo que permanezca en el lugar tras escuchar la respuesta del FH. Alguno incluso ha sufrido inmediato desvanecimiento y Dios habrá venido a verte si tienes la fortuna de que no sea el hippie el que te haga el boca a boca.
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