Sonia Torre
UN CAFÉ SOLO
De buena familia
UN CAFÉ SOLO
El mantel es de hilo. Sobre él se colocan ceremonialmente, en cada comida, unos cubiertos que parecen de plata y piezas de una vajilla que, dicen, llegó como herencia. Una mujer pulcramente uniformada sirve una comida escasa. Cinco cabezas la siguen con avaricia porque quieren más, pero saben que no deben pedir. Hay silencio. El padre, de mirada severa, interroga sobre cuestiones cotidianas y se percibe cierto temblor en las voces que responden. La madre asiente sin convicción y comenta la apertura de un nuevo local de moda, a la vez que reprende al más pequeño. Parece que en la casa hay de todo, no falta ni el ilustre apellido en la puerta, ese que recuerda el linaje. Desde fuera, parece una estampa cotidiana en la vida de una de esas buenas familias de antes, donde todo se daba por hecho, incluidas las adecuadas conductas de sus miembros. Un útil salvoconducto que facilitaba rehuir responsabilidades, eludir la acción de la justicia o esquivar acusaciones por actos violentos. Las buenas familias, ya se sabe, estaban bien educadas.+
No sé si mi familia entra dentro de esta clasificación social, pero recuerdo lo que me enseñaron. Y eso me impide agredir salvajemente o deshumanizar a quien no sea o piense como yo.
No sucedía lo mismo con aquellas que, sobre la mesa, mantenían extendido un mantel de hule con las esquinas rotas y cuerpos agotados a su alrededor, que abandonaron la escuela para trabajar. Apellidos corrientes y, por eso, proclives a caer en la violencia y en la ira sin saber cómo mantener los buenos modales que ni conocían. Así se contó muchas veces el mundo. Pero ya no. O eso creíamos.
La estrategia de defensa del abogado de varios de los acusados por propinar una paliza, grabada en vídeo, a dos personas durante las fiestas de San Mateo, en Oviedo, nos hace dudar. Señala que “son chavales que son gente joven, vienen de buena familia, es decir, que no tienen ningún problema ni económico, ni social ni nada de eso”. Extrañas justificaciones. Ni tan jóvenes, entre 20 y 30 años, edad suficiente para tener pleno conocimiento de los insultos proferidos mientras golpeaban. Más aún siendo de buenas familias, como insiste el letrado.
Lástima que no profundizara en este argumento, aunque creo que todos lo hemos entendido. No sé si mi familia entra dentro de esta clasificación social, pero recuerdo lo que me enseñaron. Y eso me impide agredir salvajemente o deshumanizar a quien no sea o piense como yo.
En cualquier caso, también es cierto que uno no es responsable de su familia, ni esta lo es de uno. Por eso, los apellidos no pueden ser argumento para condenar, por mucho que a algunos les gustaría que así fuera, ni tampoco para absolver.
La figura de la Justicia aparece a menudo representada con una venda en los ojos para recordarnos que es imparcial y que no distingue entre razas, clases sociales, riquezas o identidades.
¿O ya no es así?
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