Miedo a la ETA

Publicado: 25 oct 2025 - 05:05 Actualizado: 25 oct 2025 - 09:15
Opinión en La Región
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Y correr mucho para que no me atrapase el monstruo del pasillo.

El miedo al monstruo del pasillo me atemorizó durante todos los años de la infancia en que me levantaba a hacer pis por la noche.

Me meé en la cama por no levantarme. Sí. Nunca miré atrás. También.

El miedo no tiene significado de ser. Ni motivo la mayor parte de las veces.

Viene, te tambalea las articulaciones y se va. Vuelve cuando quiere, como quiere, a recordarte que está ahí, para salir cuando menos te lo esperes. Miedo a la muerte, miedo a las arañas. Miedo a tener miedo.

Cruzaba por delante de los coches, se peleaba en cada recreo con niños que le sacaban varias cabezas

A Pili, que, aunque pueda parecer nombre de señora menopáusica una vez fue nombre de niña, no le daba miedo nada de nada. Cruzaba por delante de los coches, se peleaba en cada recreo con niños que le sacaban varias cabezas. Incluso se tiraba a la piscina de mayores de Oira sin saber nadar.

“Seguro que alguien me saca”, decía siempre. Y siempre la sacaban.

Recuerdo una vez que le agarró la lengua a un Dóberman, los perros esos de las pelis de terror, y se la estiró como un chicle Boomer. El cadelo no se meneó del sitio y desde aquel día nunca volvió a ladrarnos. Pili era mi héroe. Porque las heroínas todavía no existían.

No sé si Pili era mi novia. No teníamos ni idea de las cosas del amor, mucho menos de la intimidad de nuestras partes, pero sí es cierto que hacíamos todo lo que hacían las parejas: comer pipas juntos, mear por ahí, dormir la siesta, insultarnos.

Pero no, no considero que fuésemos novios.

Una vez que la invité a comer costilletas a casa le vi el miedo en la cara. Piqueras estaba dando las noticias en televisión. En mi casa practicamos ese tipo de masoquismo noticiero desde siempre. Vi como la expresión de Pili se retorcía al mirar la tele. Movía los ojos y la boca convirtiéndose en una mueca casi cubista. Dejó las patatas fritas (¡las patatas fritas! que eran sagradas) y salió corriendo del comedor.

Pensé que tenía algo de vientre. La gente cuando tiene de vientre se vuelve rara. Suda y se retuerce como una culebra.

En televisión hablaban de gente que había muerto, de un coche bomba, de una nueva conmoción. A esa edad qué iba a entender yo. Además, en la mesa no se hablaba para nada más que para pedir pan o pedir permiso.

Pili se había escondido en el baño del fondo, donde guardábamos los cacharros y la ropa sucia que no queremos que nadie vea. Tardó en abrirme la puerta varios minutos. Casi diez. Estaba allí, sentada en el suelo agarrando sus propias piernas. Con el tembleque del miedo. “Tengo miedo Isi”. “Pili, pero si tú no tienes miedo de nada”. “Sí tengo Isi, tengo miedo de la ETA”.

La abracé y la apreté contra mí. “No tengas miedo, la Eta no va a llegar aquí”.

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