Xabier R. Blanco
CLAVE GALICIA
Defender la finca
CAMPO DO DESAFÍO
La población inmigrante en España es ya un fenómeno inocultable, una presencia cotidiana. Si hoy alguien decidiera y pudiera expulsar de España a los diez millones de personas nacidas en otros países y sus descendientes que vieron la primera luz en la piel de toro, el fenómeno tendría un efecto paralizador. Calles, plazas, comercios, bares, obras, asistentes de hogares y cuidadores, camioneros, marineros, jardineros, alumnos, profesores, técnicos informáticos y comerciales, médicos y todo el abanico laboral imaginable, sufriría tal quebranto, que nuestro mundo pararía en el acto y quedaría en silencio.
No me gustan los argumentos que justifican la inmigración por el beneficio que de ella obtenemos. Son los mismos cálculos que se hacían para justificar la trata de esclavos o la de mujeres. No invoquemos el utilitarismo pues acostumbra a presentarse sin avisar. Mejor pensemos en que hacemos posible el sueño perseguido por cualquier migrante: mejorar su vida y la de los suyos, aspirar a un futuro imposible en sus lugares de origen. Un sueño emancipador de la miseria, el horror o las persecuciones. Durante al menos dos siglos hemos exportado hombres, mujeres y niños que no podíamos alimentar, a los que no podíamos ofrecer un futuro. Partieron desde todas las comunidades para ocuparse de las tareas más ingratas y de las más cualificadas. Les era común el impulso de la mejora, de cumplir un sueño inalcanzable en su terruño de horizontes cerrados. Con mejor o peor suerte, todos lo intentaron y muchos lograron sus metas, si no en la primera generación, sí cuando al fin estuvieron preparados.
España es hoy una potencia media en el concierto de las naciones ricas; somos cincuenta millones de habitantes, una cifra récord que nos sitúa, dentro de la Unión Europea, entre Italia y Polonia. Un buen lugar para percibir los problemas, los retos y las oportunidades que enfrentamos. La inmigración ha sido tradicionalmente y en todas partes, un motivo para la explotación, la marginación, la sospecha o el chivo expiatorio de los demonios locales de cada comunidad. Permanecen estos más o menos agazapados, pero nunca desaparecen.
El buen desempeño global de nuestro país permite hoy ofrecer oportunidades que extienden un bienestar razonable a una población creciente. Las sucesivas legislaciones han establecido distintas vías para incorporar todo tipo de colectivos a la vida en común: desde los habitantes de las últimas colonias, los naturales de las repúblicas hispanoamericanas, los sefardíes y así hasta las nuevas modalidades de la llamada “ley de nietos”, para los descendientes de exiliados, o la regularización –que no otorgamiento de nacionalidad- de quienes ya viven y trabajan aquí. La atracción de tantos sueños, esperanzas y voluntades da la medida de nuestra capacidad de ofrecer un, orteguiano, sugestivo proyecto de vida en común.
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