La mochila del presidente

UN CAFÉ SOLO

Publicado: 17 nov 2025 - 01:10
Opinión en La Región
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Una de las cosas que más me duele aceptar del paso de los años es la pérdida de la ingenuidad. Abandonar a un lado del camino la certeza de que algunos hechos nunca se podrán repetir. Desistir de comprender los porqués. Descubrir que hubo sucesos que aún fueron más aterradores que lo que nos habían contado.

Renunciar, de manera involuntaria, a un bagaje de confianza en el futuro no ha aligerado la mochila de la vida. Al contrario, la hace más pesada y mucho más dolorosa.

Además agota tanto que te sitúas en un peligroso punto donde ya no deseas entender nada. Probablemente porque ya has aprendido que las respuestas a las preguntas que surgen ante la barbarie, no harán más que restarte los pedazos de fe que aún te quedan para creer en el mundo que imaginabas cuando eras más joven.

Hace nada, Europa se estremecía con la guerra de los Balcanes. Asistíamos a una cruenta realidad que tenía lugar al lado de casa. En un país que no era tan diferente al nuestro. Descubrimos con horror el nivel de crueldad alcanzado en masacres y exterminios de poblaciones como la ocurrida en Srebrenica. Mirábamos horrorizados cómo en Sarajevo caían abatidos los civiles cuando buscaban alimento. Lo mismo que vemos en Gaza. Pero ahora, como si todo eso no fuera ya suficientemente inhumano, el escritor Ezio Gavazzeni y los abogados Nicola Brígida y Guido Salvini, con documentos y testimonios, nos asoman al abismo. Han revelado que había personas, que imagino con una vida familiar y social dentro de la normalidad, que pagaban sumas millonarias para viajar durante el fin de semana a la zona para disparar a civiles y montar una cacería humana, por simple divertimento. Dicen expertos de Inteligencia y Seguridad Nacional, como Fernando Cocho, que eso “ocurre en todos los conflictos”. Ahí envejeces un poco más. Porque cada pedazo de humanidad que te arrancan te roba algún buen sueño. Y sin sueños, la vida es más penosa y se hace más corta.

Además agota tanto que te sitúas en un peligroso punto donde ya no deseas entender nada. Probablemente porque ya has aprendido que las respuestas a las preguntas que surgen ante la barbarie, no harán más que restarte los pedazos de fe que aún te quedan para creer en el mundo que imaginabas cuando eras más joven.

Pero aún en el fondo del pozo, hay quien nos empuja a mirar hacia arriba para contemplar alguna salida. Ahí está siempre la dignidad de todas las víctimas. Su llamamiento a la convivencia y la exigencia, cómo no podía ser de otra manera, de justicia, sin venganza o revancha. Escucharlas, como fue el caso de los relatos de las víctimas de la DANA, sólo puede removernos el corazón y espolear el deseo de que parte del daño sea reparado. Ojalá fuese con el pleno convencimiento de que ellas lograrán la paz que necesitan y la sociedad cambiará el rumbo. Aunque eso ya me resulte más difícil de creer. Serán los años.

Por cierto, a veces el cine es un buen espejo. Vean la película Quo vadis, Aida? de Jasmila Žbanic.

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