Víctor González
La mochila
En un reciente viaje Ourense-Vigo en autobús (hace años que no conduzco) me tocó al lado, en realidad al otro lado del pasillo, una señora de mediana edad que se subió al bus en A Cañiza con dos abultadas mochilas. Una la dejó entre sus piernas y la otra la depositó en medio del pasillo tranquilamente, obstaculizándolo por completo.
Al principio pensé que sería por un momento, pero no. La dejó ahí todo el tiempo hasta llegar a Vigo. Cuando hago ese viaje, que es a menudo, suelo entretenerme mirando por la ventana todo el rato en busca de un rápido avistamiento de algún ave rapaz (fui birdwatcher durante años) que me procurará un brevísimo momento de emoción casi orgásmico, y sé que solo los observadores de pájaros entenderán bien lo que digo. Últimamente y desde hace tiempo cada vez es más difícil ver aves en ese viaje artificial por la autovía. Hace años yo llegué a tener localizadas en ese pequeño recorrido en primavera hasta cuatro parejas distintas de milanos, y eso que solo las veía un momento. Una a la salida de Ourense junto al río, otra a la altura de Melón, otra en Fontefría, y otra bajando por Cans. Hoy muchas veces no veo ni uno. Será el cambio climático.
La mochila seguía allí como el dinosaurio de Monterroso, entorpeciendo el tránsito del pasillo
La mochila de la señora seguía allí, como el dinosaurio de Monterroso. Dado que no había milanos ni azores a la vista mi mirada se dirigió todo el rato al otro lado, a la maldita mochila y a su propietaria. Una señora normal de mediana edad como dije, tirando a gordita, con aspecto simpático, pendientes de presión en forma de perla grande, anillos y pulseras doradas, uñas pintadas y el pelo teñido de rubio.
Observándola recordé una frase genial de Moschino, aquel fabuloso diseñador de moda milanés que falleció muy joven en los noventa y que era un amante y asiduo visitante de nuestra tierra que dijo en una entrevista lo siguiente: “No he visto en mi vida ningún país con tantas mujeres rubias y tantos cinturones míos falsos como España. Me encanta”. Pero la señora además tenía otra cosa: un iPhone. Así que nos deleitó a los siete u ocho pasajeros de su alrededor con diversas conversaciones en un volumen de voz imposible con las vicisitudes de su hija que no encontraba trabajo u otros temas interesantes con familiares, amigos y amigas, etc., como la preparación de una fiesta de cumpleaños que iban a hacer la semana siguiente, o si quedamos o no mañana para comer o ir a la playa.
La mochila seguía allí como el dinosaurio de Monterroso, entorpeciendo el tránsito del pasillo. De hecho está prohibido ocupar el pasillo de un autobús con lo que sea.
En un inesperado frenazo la mochila se fue varios metros hacia adelante. La señora era oronda como su mochila, y yo lamenté que el frenazo no hubiera sido mayor y ella no se hubiera ido rodando con su mochila hasta el chófer.
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