Benito Iglesias
El Gobierno de Sánchez es de chiste
Había una vez un Gobierno que gobernaba España. Bueno, gobernar, lo que se dice gobernar, quizá sea una forma demasiado optimista de describirlo. Porque hemos llegado a ese punto de la política española en el que resulta difícil distinguir entre un Consejo de Ministros, una negociación de mercadillo de feria, o una llamada telefónica de Gila.
-¿Es el Gobierno? Sí.
-¿Está Pedro Sánchez?
-¿Para qué lo quiere?
-Para preguntarle quién manda.
-Un momento, que le paso con los socios.
Y ahí empieza la función.
Hay gobiernos que pasan a la historia por las reformas que hicieron, por los problemas que resolvieron o por los consensos que fueron capaces de construir. Y luego está el Gobierno de Pedro Sánchez, empeñado en demostrar que también se puede pasar a la historia por convertir la política en una representación permanente de la época de Nerón. Berlanga, visto lo visto, quizá habría pedido derechos de autor.
-¿Es el Gobierno de España?
-Sí.
-¿Está el presidente?
-¿Quién pregunta?
-Un ciudadano preocupado.
-Ah, entonces tendrá que esperar.
-¿Por qué?
-El presidente está con el TikTok.
-¿Gobernando?
-¡Que va! Recomendando las canciones de esta semana.
Y ese es quizá uno de los grandes prodigios de la política actual: la capacidad de sustituir la gestión por el relato ,por muy mediocre que sea.
En España, por lo visto, hasta los jueces forman parte de una conspiración contra La Moncloa
Cada votación parlamentaria se ha convertido en una especie de subasta. ¿Quién da un sí? ¿Cuánto cuesta? ¿Qué se lleva a cambio? ¿Qué concesión queda pendiente? La aritmética parlamentaria ha dejado de ser una cuestión de números para convertirse en una cuestión de tarifas. Y mientras tanto, fuera del hemiciclo, la realidad tiene la desagradable costumbre de no adaptarse al relato. Llegan los incendios, la presión migratoria, las tensiones con otros países y los problemas que no caben en un vídeo de TikTok de treinta segundos. Y luego está la corrupción. Ahí el guion adquiere una categoría que ya no sabemos si llamar sainete, vodevil o tragicomedia institucional. El presidente defiende la inocencia de su esposa, de su hermano y mantiene su respaldo a José Luis Rodríguez Zapatero mientras los tribunales siguen poniendo nombres y apellidos a una sucesión de episodios nacionales que, por momentos, parecen escritos por el mismísimo Fernando Vizcaíno Casas.
La respuesta suele ser conocida: persecución política. Es una explicación extraordinariamente cómoda. Tiene una ventaja adicional: no necesita demostrar nada. Si un problema llega desde fuera, es una conspiración. Si llega desde los tribunales, es una persecución. Si llega desde la oposición, es crispación. Y si llega desde la realidad, siempre queda el recurso de cambiar de conversación. En España, por lo visto, hasta los jueces forman parte de una conspiración contra La Moncloa. Debe de ser una de las pocas instituciones del Estado que todavía no ha entendido que para gobernar basta con tener un buen relato. Y así seguimos.
-Es el Gobierno de Gila. Llama España.
-¿Está el sentido común?
-No, se ha ido.
-¿Y volverá?
-No sabemos. Por aquí nunca ha aparecido.
-¿Y la responsabilidad?
-Tampoco está. Ha pedido traslado a una embajada, que ahora está de moda.
En fin. España llama al Gobierno. El Gobierno llama a sus socios. Los socios presentan la factura. El Gobierno anuncia que todo está bajo control. Y el ciudadano, al otro lado del teléfono, espera... y ya no sabe si reírse o colgar.
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