Eduardo Medrano
Motín de Esquilache
Tengo ante mí una serigrafía de Luís Seoane que representa el linchamiento de Raimundo Ibáñez, el fundador de la fundición y hornos de loza en Sargadelos. Lo mataron, una noche de febrero de 1809, sus propios vecinos de Ribadeo. A los ánimos exaltados por la Guerra de la Independencia se sumaban los viejos rencores contra el comerciante e industrial que vio la oportunidad de sustituir las importaciones de artículos metálicos y loza de Inglaterra por producciones propias. Ni el clero, ni los viejos propietarios de la tierra, ni las masas, donde pesó más la manipulación que la mejora en sus condiciones de vida que la industria favorecía, quisieron adoptar los cambios que Ibáñez y los tiempos traían.
Son estas, al fin, las mismas ideas ilustradas que impulsaban hace dos siglos, en Sargadelos, al infortunado Raimundo Ibáñez
Un inglés de hoy, David Chipperfield, arquitecto renombrado y enamorado de una Galicia donde los alimentos aún conservan el sabor honrado, algunos rincones de las rías sobreviven a la especulación y las aldeas abandonadas dejan oír las voces ancestrales, ha publicado su opinión en “defensa del capital natural” de Galicia. Se opone al proyecto de transformación de la madera que se pretende instalar en Palas de Rei, ya con los informes medioambientales favorables de la Xunta. En el tiempo que Chipperfield lleva asentado en Corrubedo, habrá comprobado que la captura de bivalvos en la ría de Arousa desciende año tras año. Se esgrimen diversos motivos: el ascenso de la temperatura del mar, la contaminación del agua en el embalse de Portodemouros provocada por la ganadería; la filtración al mar de los fitosanitarios empleados en los viñedos de la zona y, consecuencia de estas y otras razones, la falta de relevo generacional en las labores extractivas de las rías y la emigración de los jóvenes.
Nada de esto parece ahora importar a Chipperfield y “la ciudadanía que asume con responsabilidad la habitual contradicción entre desarrollo económico y sostenibilidad ambiental”, escribía en referencia a los manifestantes opuestos al proyecto de Palas. La responsabilidad frente a esa “habitual contradicción” exigiría, pienso yo, mayor perspectiva y compromiso humanos, más equilibrio que toma de partido, más exigencia de transparencia y cumplimiento normativo que alarmismos de “bombas ambientales en el corazón de Galicia”.
La creación de centenares de empleos industriales, de retribuciones y cotizaciones sociales dignas y regulares, la transformación de superficies hoy ociosas en sector forestal productivo, la mejora en origen del precio de la madera producto de la mayor demanda, la incorporación de valor añadido a materias primas que hoy exportamos en bruto, son elementos que contribuyen a movilizar el capital natural y a construir el “futuro sostenible” que todos deseamos. Son estas, al fin, las mismas ideas ilustradas que impulsaban hace dos siglos, en Sargadelos, al infortunado Raimundo Ibáñez.
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