Miguel Anxo Bastos
Guerra de Rússia e economía de mercado
EL ÁNGULO INVERSO
Hoy sólo estamos cuatro de mi camada literaria en nuestro garito. Nos sentamos, pasan los minutos y nuestro barman no aparece. De pronto, llega con una gran bandeja en la que asoman una botella y unos apetitosos pinchos de jamón y queso. Mientras abre la botella nos espeta entre risas: “hoy es mi cumpleaños y sois mis clientes favoritos, desde la barra a veces os escucho y aprendo de vosotros. Como sé que es la bebida que os gusta, he conseguido esta botella de Grey Goose, un buen vodka. Los rusos dicen que desata la lengua y aleja los espíritus malos”.
Se ríe el pintor y mira al psiquiatra que es calvo: “es bien cierto que una de las propiedades del vodka es que también es un crece pelos, te vendrá de perlas, amigo”.
Qué barbaridad. Devoramos los pinchos con verdadera voracidad. Reflexiona el abogado: “Galicia y nuestra Auria está llena de fiestas gastronómicas, la del pulpo, la de la cachucha, la de los callos, su puta madre. Algunas se parecen a las bacanales romanas en que, como sabéis, vomitaban de vez en cuando para continuar comiendo. Estoy convencido de que Ourense es la pionera y su mayor pecado capital es la gula”.
Observé que en sus bolsos había braguitas, pulseras y regalitos. No era necesario preguntarles nada.
Cielo santo, la botella ya está mediada y el psiquiatra reflexiona: “las generaciones que vivieron la larga postguerra en España, aquellos tiempos de escasez que definió Cela como España garbancera, parece que siempre tienen hambre. Abundan los que tienen un deseo convulsivo e insaciable de comer”.
Me toca. Me viene a la memoria aquel restaurante en que hombres ya maduros engullían sin freno. Me llevó a aquel lugar aquel periodista olvidado, Segundo Alvarado. Era un espectáculo, nadie hablaba, todos muy concentrados mirando el plato. Nos sentamos y le pregunté a mi amigo quiénes eran aquellos comensales. Se echó a reír: “son muchos de los curas de la provincia, ya sabes que la carencia de sexo la suplen con engullir casi sin interrupción”. Por supuesto la mayoría eran hijos de aquella generación de la ya avanzada postguerra.
Ayer nuestro periódico recuperó una crónica que escribí sobre el doctor Pérez León, médico especialista en nutrición. Hay que joderse, me dijo “soy partidario del 5 x 2. Cinco días de meticuloso cuidado, y sábado y domingo venga, coman ustedes a discreción”.
(Felicitamos a nuestro barman favorito. No íbamos a cantarle “feliz en tu día” pero alguien entonó el mítico estribillo “es un muchacho excelente y siempre lo será “).
Ay, Cuba. El hambre te acosa. Una lágrima resbala por la mejilla de mi generación. Éramos jóvenes y teníamos en nuestras buhardillas el poster del Che Guevara. En el Café Comercial discutíamos del fruto dorado de la utopía. Recuerdo aquel líder universitario que nos decía convencido: “si entran los gringos, allá me voy, a tus ordenes comandante.”
Después, aquella maldita foto del Che tendido en una sucia habitación en La Higuera allá en Bolivia. Pero te cuento, hermano lector, como comencé a perder la ilusión. A primeros del año 2000 gestioné un viaje a La Habana. En el avión, todos eran hombres maduros. Observé que en sus bolsos había braguitas, pulseras y regalitos. No era necesario preguntarles nada. Sus miradas ansiosas delataban su destino.
(Una vez más, escucho conmovido aquel himno de la banda Topo: “Mis amigos ¿dónde estarán? / arreglábamos el mundo a golpe de futbolín / Mis amigos con los que iba a hacer la revolución / Mis amigos ¿donde estarán? /… En un tresillo se aplastarán”).
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