Ramón Pastrana
LA PUNTILLA
Nicolás
El cincuentenario de la muerte de Franco es buen momento para revisar como se encontraba España en aquel momento, como se lograron poner las primeras piedras para acabar con la dictadura y que llegara la democracia plena tres años después, para determinar quiénes fueron los verdaderos protagonistas que forzaron ese tránsito y para aventurar si hoy sería posible un proceso como aquella Transición.
Murió Franco en la cama, pero su herencia le pervivió, deshacer el nudo gordiano con el que lo había dejado todo atado y bien atado costó sangre y una lucha política en las instituciones y con movilizaciones sociales hasta que tanto los partidarios del antiguo régimen como aquellos que propugnaban una ruptura radical llegaron a la conclusión de que ninguno de los dos bandos podría imponerse sobre el otro. A los nostálgicos del franquismo, el búnker, los arrasó una sociedad que empezaba a moverse en los parámetros de la modernidad, con una clase media emergente, a la que no podía poner más cortapisas a sus deseos de libertad y de vivir como veían que ocurría detrás de los Pirineos. La oposición democrática, al frente de la que se encontraba el PCE y su correa de transmisión, el sindicato Comisiones Obreras, le disputaban la calle a Manuel Fraga, ministro de la Gobernación en el primer gobierno de la monarquía, pero eran conscientes de que su fuerza no era suficiente para imponer la ruptura democrática que pretendían, porque enfrente tenía un ejército que aún vivía de la victoria en la Guerra Civil y se consideraba guardián de las esencias nacionales, que dio su último coletazo con el golpe de Estado del 23-F. La oposición aún tardaría meses en coordinarse en la “Platajunta” y en hacer ver que sus pretensiones no eran otras que la llegada de la democracia y las libertades.
¿Sería ahora posible un acuerdo político como el que sucedió tras la muerte de Franco?
El ahora rey emérito, Juan Carlos I, nombrado sucesor por Franco, tardó también en deshacerse de Arias Navarro, para situar a Adolfo Suárez en la presidencia del Gobierno y en comprender que o avanzaba por la senda democrática o podía “perderlo todo”. Así logró que las Cortes franquistas se hicieran el harakiri con la ley de Reforma Política, y Suárez comenzó a hablar de que el gobierno tenía que salir de la voluntad popular, lo que propició que se pudiera alcanzar un acuerdo con la oposición democrática y con la reorganizada derecha política.
Tras la muerte del dictador hubo altura de miras por parte de todos los sectores políticos, renuncias forzadas por parte de la oposición a sus pretensiones y una impunidad para los sectores franquistas que no se vieron afectados, porque no se produjo una depuración de sus responsabilidades en el sojuzgamiento de los españoles durante casi cuarenta años. A esta altura hay tantas interpretaciones de lo que pasó en los años posteriores a la muerte de Franco hasta las primeras elecciones democráticas y la redacción de la Constitución, y de por qué no se pudo ir más allá y más rápido, como protagonistas de aquellos años a los que se pregunte o se lea. Y todo con el repunte del terrorismo de distinto signo como telón de fondo.
¿Sería ahora posible un acuerdo político como el que sucedió tras la muerte de Franco? Seguramente no: la ultraderecha actual es heredera del “franquismo sociológico”, que no solo no ha terminado de desaparecer sino que resurge con fuerza a instancias de la ignorancia de lo que supuso aquel régimen, por un concepto patrimonialista del poder por parte de las fuerzas conservadoras, porque se ha aceptado de manera acrítica un relato edulcorado de la Transición y porque los partidos progresistas apostarían por dejar resueltos algunos de los asuntos que quedaron pendientes en 1978.
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