Las muertes se mueren cuando uno muere

Publicado: 14 mar 2026 - 04:11
Opinión en La Región
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Me levanto del tálamo bostezando reiteradamente. Cuando era niño lo hacía con asiduidad, y mi abuela, sonriendo con expresión de ternura, me decía al oído: “Fame, sono ou ruindade do dono”. Sin embargo, en mi caso creo que es el espíritu clandestino del Viejo Milenario que, tratando de fastidiarme, a la menor oportunidad me obstruye el camino, introduciendo elementos agresivos que impiden que me desplace con seguridad. Creo que lo hace para vengarse de su desagradecido creador. Lo he comprobado hace apenas cinco minutos, cuando un objeto normalmente pasivo cobró vida para hacerme una zancadilla que dio con mi cuerpo en el suelo, provocando la alarma de mis seres queridos. Sin duda, mi heterónimo es cruel y rencoroso. Después de unos largos diez minutos, recobro el equilibrio impulsado por el insistente pitido del móvil, que controla mi intimidad compartiéndola involuntariamente con las de alienadas masas, todas ellas archivadas en los tenebrosos sótanos de Silicon Valley.

Una voz compungida me trasmite un mensaje personal causándome un impacto emocional controlado. ¿Sigue la lista de las muertes un orden establecido o dependen de las partidas de póquer y ajedrez que los dioses tecnológicos utilizan para sus macabros juegos, donde las fichas son humanos criados en granjas para disfrute de los controladores, según especifica el nuevo orden? La voz interrumpe mis reflexiones, identificándose como la prima Conchita y, tras unos breves segundos de contenida inquietud, me anuncia que mi primo, tocayo y semihomónimo, había muerto, adelantándose en la fila a muchos ancianos que siguen esperando a su eterna pareja. Gonzalo Iglesias López de Celanova fue bondadoso, excelente como amigo, incomparable como padre, honesto como político y leal compañero de su esposa.

Trump baila groseramente; sin duda, estará contento por los negativos éxitos de tramposas jugadas

Las muertes están celebrando el tener donde elegir parejas con las que compartir la eternidad cósmica y, cuando me disponía a escribir sobre los acontecimientos que preocupan a la humanidad, el pitido del WhatsApp reclama mi atención: “Louro ha muerto”. Vehemente socialista, enigmático secretario de Organización, leal a su amigo Touriño, afable compañero… Su mayor virtud era su método para enfrentarse a los conflictos internos. Procuraba resolverlos sin imponer su perspectiva personal, esperando que los demás hiciesen lo mismo. Buscaba una convicción compartida sin que hubiera vencedores ni vencidos.

Trump baila groseramente; sin duda, estará contento por los negativos éxitos de tramposas jugadas. Entre ellas destaca por su ejemplaridad: “Un misil de gran potencia mata a docenas de niñas en una escuela de Teherán”. El dúo de la muerte (Netanyahu y Donald) lo justifican como error. Son conscientes de que el cinismo fortalece al líder y la masa llega a admirar su astucia asesina que, negando hechos, los rebautiza como “fake news”. Lo cierto es que pocos analistas (militares o civiles) podían sospechar la resistencia de los iraníes y que también practican su “fake news”.

Muerte y vivos que bailan con su muerte; unos y otros forman el círculo de lo que en vida fue muerte, porque no existiría la muerte si no hubiera vivos. Algo tan evidente no es comprensible para los que viven del odio y nunca han sido amados.

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