Lo que Mufasa le enseña a la inteligencia artificial

Publicado: 05 jul 2026 - 01:40
Ángel García Crespo
Ángel García Crespo | La Región

Hace muchos años, en una proyección de “El Rey León”, vi a una niña de unos cuatro años llorar cuando Mufasa moría en la pantalla. Su padre intentó tranquilizarla: “Solo es un dibujo, cariño”. La niña se giró hacia él con la paciencia que solo tienen los niños: “Ya sé que es un dibujo, papá. Por eso puedo llorar”. He tardado años en entender esa respuesta. Ahora, viendo cómo millones de adultos consumimos vídeos hiperrealistas generados por inteligencia artificial, creo que finalmente ya lo he hecho.

Los niños no son ingenuos. Saben perfectamente que los ratones no hablan y que los héroes no vuelan. Pero aceptan las reglas del mundo animado porque ese espacio les ofrece algo que la realidad convencional no puede darles: un territorio donde explorar emociones enormes, conflictos absolutos, transformaciones imposibles. El truco no es el engaño. Es el pacto consciente.

Nadie ve “Toy Story” preguntándose constantemente si los juguetes hablan de verdad. Esa pregunta destruiría el propósito completo de la experiencia. Los dibujos animados funcionan precisamente porque establecen un contrato implícito: aquí no rigen las reglas del mundo real, y está bien así. Se explora lo que significa, no si es posible.

Es que perdamos la capacidad de operar simultáneamente en múltiples niveles de realidad, con la habilidad que permite a un niño llorar por Mufasa sin olvidar ni un segundo que está viendo un dibujo.

En algún momento del crecimiento, muchos adultos perdemos esa habilidad. Nos volvemos binarios: esto es real o es falso, verdad o mentira, serio o entretenimiento. Y así, cuando apareció el vídeo hiperrealista generado por IA, en lugar de preguntarnos qué nuevo lenguaje narrativo estaba emergiendo, la reacción colectiva fue de pánico: nos van a engañar, ya no sabremos qué es real. Artículos alarmistas, documentales sombríos, legislaciones apresuradas. Todo enfocado en el engaño. Y nos perdimos lo esencial.

Un educador puede recrear la Roma antigua o el interior de una célula con un realismo que hace una generación requería presupuestos de Hollywood, no para hacer creer que así ocurrió exactamente, sino para crear un espacio imaginativo donde explorar conceptos abstractos. Un artista puede visualizar mundos especulativos con inmediatez, no para engañar, sino para invitar a la reflexión. El hiperrealismo generado por IA funciona igual que los dibujos animados: su poder está en ser un como si consciente.

En las rías gallegas, los “canteiros” que tallaban el granito de las iglesias románicas sabían que la piedra tiene una lógica propia: sus vetas, sus puntos de quiebra, la dirección natural del grano. Sin entender esa lógica, el cincel produce fragmentos. Con ella, puede producir arte. Con cualquier herramienta nueva ocurre lo mismo.

El verdadero peligro no es que la tecnología nos engañe. Es que perdamos la capacidad de operar simultáneamente en múltiples niveles de realidad, con la habilidad que permite a un niño llorar por Mufasa sin olvidar ni un segundo que está viendo un dibujo. Esa sofisticación no es una capacidad infantil que dejamos atrás al crecer. Es una capacidad adulta que podemos recuperar. Y en la era de la inteligencia artificial, puede ser más valiosa que cualquier habilidad técnica.

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