Musk, Thiel, el papa y la IA

Publicado: 29 may 2026 - 02:55
José Paz
José Paz

La nueva encíclica de León XIV sobre inteligencia artificial (IA), “Magnifica humanitas”, parte de una preocupación muy actual: el riesgo de que la tecnología deje de servir al ser humano para empezar a sustituirlo moral y políticamente. Resulta llamativo que incluso una institución tan alejada del liberalismo clásico como la Iglesia Católica perciba ya el peligro de una civilización gobernada por algoritmos, automatismos y sistemas despersonalizados de decisión. Pero no debería sorprendernos: parte del entusiasmo actual por la inteligencia artificial enmascara la vieja tentación de eliminar el factor humano de la política. La idea no es nueva. En los años treinta y cuarenta existió en Norteamérica el movimiento Technocracy Inc., que defendía sustituir la democracia por una administración científica de ingenieros y expertos. Su modelo era el “tecnado” (technate), una especie de Estado técnico continental organizado según criterios de eficiencia. El abuelo materno de Elon Musk, Joshua N. Haldeman, estuvo vinculado a ese movimiento en Canadá antes de emigrar a Sudáfrica. Eso no significa que Musk reviva hoy esas ideas, pero sí ayuda a comprender su fascinación por la ingeniería social, su desprecio implícito por el proceso democrático y su confianza extrema en las soluciones técnicas a los problemas humanos. Mucho más explícito es Peter Thiel, que escribió en 2009 una frase ya célebre: “ya no creo que la democracia y la libertad sean compatibles”. Desde entonces, una parte del mundo libertario estadounidense (la parte más cercana al mundo de las criptomonedas) ha oscilado entre el escepticismo democrático y la búsqueda de alternativas radicales, como esta del “tecnado”. Curtis Yarvin propone abiertamente reemplazar la democracia liberal por una especie de monarquía corporativa tecnificada. Balaji Srinivasan imagina “network states”: comunidades digitales gestionadas como startups soberanas donde el poder reside en las máquinas. Incluso algunas propuestas de microjurisdicciones privadas como alternativa a los Estados tradicionales (que eran inicialmente propuestas libertarias), han ido derivando hacia modelos no deliberativos, no participativos, gestionados mediante automatismos e IA, es decir, una dictadura algorítmica. Hay una corriente intelectual reconocible que combina el desprecio hacia la democracia con la fascinación por la eficiencia empresarial, la concentración extrema de riqueza tecnológica y la convicción de que los ciudadanos son demasiado irracionales para gobernarse solos.

Las teocracias justifican el poder alegando que la voluntad humana debe subordinarse a Dios. La nueva tecnocracia hace algo similar pero sustituye a Dios por el algoritmo, al sacerdote por el ingeniero y a la providencia por el cálculo automatizado

Y ese es el núcleo filosófico del problema. Esta nueva tecnocracia nace de un pesimismo antropológico radical: como el ser humano es emocional, tribal, incompetente, manipulable y peligroso, la gobernanza debe desplazarse paulatinamente hacia sistemas automáticos, con expertos no electos y algoritmos inapelables. Algunos de estos autores tienen el cuajo de llamarse libertarios, pero en realidad están construyendo una forma de despotismo técnico. Paradójicamente, esta visión termina pareciéndose muchísimo a una religión política. Las teocracias justifican el poder alegando que la voluntad humana debe subordinarse a Dios. La nueva tecnocracia hace algo similar pero sustituye a Dios por el algoritmo, al sacerdote por el ingeniero y a la providencia por el cálculo automatizado. En ambos casos desaparece el elemento central de la tradición liberal: el individuo libre, imperfecto, soberano y responsable. Incluso hay tecnorreligiosos que ven en la super-IA un vehículo para la divina providencia, y entonces, ¿cómo no sustituir nuestros torpes parlamentos por semejante maravilla?

Desde una perspectiva liberal, el problema no es la inteligencia artificial. La IA puede reducir burocracia, mejorar servicios, aumentar productividad y ampliar la prosperidad. El liberalismo nunca ha sido ludita. Lo preocupante es la concentración de poder. Un gobierno automatizado representa precisamente la concentración máxima imaginable, porque elimina adrede la deliberación política, el pluralismo y el conflicto democrático. Hayek advirtió repetidamente contra la ilusión de que una mente central pudiera gestionar la complejidad social mejor que el orden espontáneo. Popper insistió en que las sociedades abiertas dependen del debate, la crítica y la alternancia. La tecnocracia algorítmica sueña exactamente con lo contrario: eliminar el conflicto en vez de dirimirlo civilizadamente, y acabar con la espontaneidad mediante una administración técnica permanente e inexorable. Esta corriente representa, en realidad, un inmenso paso atrás. No nos lleva al futuro: nos retrotrae a antes de la Ilustración. Parece futurista pero revive el viejo sueño antiliberal de sustituir ciudadanos por súbditos sin voz. La democracia liberal es lenta, imperfecta y frustrante. Pero precisamente por eso sigue siendo preferible a cualquier gobierno de santos, ingenieros, CEOs o máquinas. Cuando una sociedad deja de confiar en la libertad humana y empieza a buscar su salvación en sistemas automáticos, ya no está construyendo una sociedad abierta, sino una nueva teocracia.

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