LA OPINIÓN
Al loro
Lo más parecido a un asesino es una asesina. Y hay padres, y madres, que asesinan a sus hijos. O los torturan. El caso de la niña de 8 años, secuestrada por su madre para que su padre no pudiera verla, es una de esas torturas tan pertinaz, que produce escalofríos... y a la niña le han producido efectos de los que tardará en reponerse, no sólo mentales, sino un desarrollo psicomotriz insuficiente, que habrá influido en su desarrollo intelectual.
Si, en cualquier reunión, planteamos la interrogante de si es más frecuente que los padres maten a los hijos a que lo hagan las madres, la hegemonía de los padres asesinos suele ser apabullante, pero en la vida real no es así. Según un informe del Ministerio de Justicia, solicitado por el Congreso de los Diputados, en los últimos 15 años se han producido en España 50 asesinatos de menores, de los cuales 26 estuvieron a cargo de las madres y en 24 los asesinos fueron los padres. Casi empate, pero hay una ligera superioridad de madres asesinas. ¿A qué se debe esta falta de información y desconocimiento? Sin lugar a dudas a la labor del Ministerio de Igualdad, y a una presión social, donde el padre asesino despierta indignación, mientras se oculta la crueldad de la madre asesina.
La lacra del maltrato de la mujer por parte de los hombres es repugnante y hay que luchar contra ello, pero cargarse la presunción de inocencia de los hombres no es justo, ni creo que sea eficaz que quienes denunciamos esta terrible injusticia seamos calificados, inmediatamente, de machistas por ese feminismo talibán y autoritario que, por cierto, cuando los abusos ocurren en su partido político, callan como mudas de nacimiento.
En la injusta justicia musulmana, la palabra de dos mujeres empata con la de un hombre. En la injusta justicia española, la palabra de una mujer gana por goleada a la de un hombre en cuestiones de maltrato, lo que es una barbaridad, no sólo para el Derecho, sino para el raciocinio más elemental.
Desprecio al ciudadano Iñigo Errejón desde que declaró que, en la Venezuela de Maduro, se respetaban las libertades, y se comía tres veces al día, pero me he informado, con curiosidad, sobre su presunto delito de abuso sexual, y no he observado que la denunciante haya presentado una prueba evidente, excepto su palabra. Y, desde luego, si hubo delito, es inexplicable que la presunta víctima pudiera estar tanto tiempo junto al maltratador. O tiene una caridad cercana a la santidad, o podrían existir muestras de masoquismo. Es mi opinión, claro. Y puedo estar equivocado. Pero espero que el feminismo talibán no suprima también la libertad de opinión.
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