Jaime Noguerol
EL ÁNGULO INVERSO
No hubo banquete
EL ÁNGULO INVERSO
Leo conmovido una extensa entrevista a Adolfo Domínguez, portada en un suplemento de El País. Me sorprende su frase: “el objetivo de la vida es sobrevivir, estamos diseñados para sobrevivir, no para ser felices”.
Inevitable, recuerdo el poema que marcó a nuestra generación: “Itaca” de Kavafis. Caminamos hacia Itaca, la isla inasequible. Si la alcanzas, el regalo que tiene para ti es el camino que has recorrido hasta ella. “No apresures nunca el viaje. Mejor que dure muchos años y atracar, viejo ya, en la isla, enriquecido de cuanto ganaste en el camino sin aguardar a que Itaca te enriquezca”.
Pero hablemos del maestro. Un hecho lo marcó profundamente. Largos años en el Seminario. Allí podías estudiar gratis y, tal vez, hacerte sacerdote.
Pronto se hizo cargo de la biblioteca. Un ex compañero me dice: “nos perseguía para que leyéramos algún libro y, mientras todos jugábamos al fútbol, él se subía a un árbol frondoso, se acomodaba entre las ramas y permanecía inmóvil con su libro en las manos”. Dice: “Buenos años, aprendí la disciplina, pude leer a los clásicos, incluso libros prohibidos”. Sigue manteniendo relaciones con algunos viejos profesores. Le vi enviar dinero con frecuencia a un cura que le recomendaba algunos estudiantes en Sudamérica. Adolfo se hacía cargo de sus estudios”.
Tiempos rebeldes. En Santiago dio con sus huesos varias veces en los calabozos. En la Sorbona, donde estudió Filosofía, vio los últimos coletazos del mayo del 68: “Prohibido prohibir”. Después, regresó a Ourense a llevar su sueño adelante.
Lo vi caminar entre el personal de la fábrica. Se detiene ante alguien. Meses más tarde, esa persona era ya un diseñador de élite.
Colaboré con él en varios proyectos allá por los 90. Escribí el personaje límite en el guión “Sin aliento”. Ahí está, en su obra “Juan Griego”, ligera de adjetivos. Un buen antídoto para este otoño.
Verídico, refleja su alma. Pasó más de una vez. Le acompañé a una ciudad donde daba una conferencia. Y, al acabar, los organizadores nos llevaron a un gran banquete en su honor. Olía aquello a un asado irresistible. Pero él me tomó del brazo: “Vámonos, Jaime, somos guerreros, llevo en el coche unas manzanas para mí y un trozo de empanada para ti”.
Logró firmar un espectacular contrato. Al día siguiente, entró en la fábrica y todo el mundo espontáneamente comenzó a aplaudir con entusiasmo. No le gustó nada: mandó callar. Sólo dijo: “No hay nada que celebrar, somos Adolfo Domínguez”.
Me admira su olfato. Lo vi caminar entre el personal de la fábrica. Se detiene ante alguien. Meses más tarde, esa persona era ya un diseñador de élite.
El mejor Adolfo vibra cuando el destino teje calamidades. Ahí lo habita Marco Aurelio y es firme, íntegro y dueño de sí mismo. No se desmoronó cuando ardió su fábrica. Cómo te diría: apaga la desgracia tal un soplo milagroso.
Se cumplen 50 años desde que se inauguró la fábrica. Hoy su nombre luce en cincuenta y cuatro países. Todos lo sabemos, vistió a aquella España berlanguiana, que creció entre niños con remiendos, que heredaban la ropa de sus hermanos mayores. Ay, “la arruga es bella” fue más que un icono, un mantra exorcizador de un tiempo de silencio.
Afirma: “no necesito nada, sólo trabajar, escribir, seguir trabajando pase lo que pase. Eso es para mí el éxito”. Así suena su blues, mientras escribe con letra menuda bajo la higuera.
Contenido patrocinado
También te puede interesar
Jaime Noguerol
EL ÁNGULO INVERSO
No hubo banquete
José Luis Gómez
CUENTA DE RESULTADOS
La deuda no deja de ser un problema
Mariluz Villar
MUJERES
Zapatos y vestidos
Jesús Prieto Guijo
LA OPINIÓN
Domínguez, exótica campeona
Lo último
RECONOCIMIENTO HONORÍFICO
El galardón a una “carrera brillante” a la actriz polivalente Uxía Blanco
PAISAJES IMPRESIONANTES
De la carrera por el Goya a Ourense: el drama portugués Terra Vil deslumbra en el OUFF