No era para tanto esto del mar

¡ES UN ANUNCIO!

Publicado: 11 jul 2026 - 06:10
Opinión Isaac Pedrouzo
Opinión Isaac Pedrouzo | La Región

Lucía no se acuerda del día que conoció a su abuela. Siempre dice que fue hace 80 años, que es la edad que tiene Manuela desde hace varios veranos.

Un día dejó cumplir, que le venía mal.

Manuela se dedicaba a “sus labores”. Una casilla habitual en las fichas de colegios y en los órganos institucionales. Sus labores eran las de todos. Aunque nunca le iban a conceder una hipoteca por su profesión.

Era experta en hacer leche frita y que todo el mundo se sentase puntual en la mesa a la hora de comer, porque la hora de comer era eso, de comer. No se permitían la televisión ni los teléfonos móviles. Las manos encima de la mesa. Las ansiedades debajo. No digas tacos. Come menos que estás muy gorda. Come más que estás muy flaco.

Tenía un mueble de madera, de esos horrorosos pero que “me costó un dineral” en el salón, con una vitrina abarrotada de vasos, de los buenos, los que nunca nunca nunca se usan. Manuela era experta, también, en poseer cosas que jamás utilizaba: una Thermomix carísima, el vino reserva que guardaba para ocasiones especiales que no llegaban, objetos varios de bisutería y un bañador de color negro con rayas blancas al que todavía no le había quitado la etiqueta.

Justo antes de que le atacara la artrosis le quitó la etiqueta al bañador negro con rayas blancas y se fue al mar, muy temprano

Los 15 días de devolución habían pasado ya hace más de 120 meses.

A la playa iba poco. A pesar de estar más cerca que el supermercado.

Siempre con su bata de alivio, que le dejaba el margen necesario para meter los tobillos en la orilla. Recorría la playa de lado a lado varias veces, con las manos en los bolsillos delanteros donde acumulaba pañuelos, algunas veces se atrevía a mojarse el pelo. Corto y ondulado de color coral.

Al terminar subía de nuevo a su sombrilla y se sentaba en la silla plegable a vigilar que Lucía no era secuestrada por ninguna ola al romper. Por ningún desconocido.

Cuando su nieta le preguntaba por qué no se ponía un bañador para meterse en el mar con ella siempre le respondía “nena, alguien tiene que hacer la comida y no hay tiempo de andar cambiando de ropa y no queremos coger hongos en la panocha”.

Manuela cocinaba todos los días para toda la familia. Bistecs rebozados y pimientos de Arnoia en verano, lentejas en invierno.

Un día cualquiera, sin remedio, Lucía se hizo mayor. Ya nunca estaba.

Manuela aprendió a usar un smartphone para hablar con su nieta. Comentar la novela. Mandarle sífilis con la cámara y esniquers de esos graciosos por guasa. 20 videollamadas perdidas de esas de sin querer. Muchos silencios antes de responder.

Justo antes de que le atacara la artrosis le quitó la etiqueta al bañador negro con rayas blancas y se fue al mar, muy temprano. Cuando todavía no hay nadie. Cuando nadie te ve. Metió el cuerpo hasta la frontera comprometida que hay justo debajo del ombligo.

“Pues no era para tanto esto del mar”, pensó. Se hizo un selfie para Lucía. Nunca más la vio.

Contenido patrocinado

stats