Eduardo Medrano
Motín de Esquilache
El Barcelona ganó la liga y la celebró en el vestuario. Pocos minutos después las tertulias de los programas deportivos de radio y televisión hacían encuentas sobre si hacían bien los azulgrana y dudaban de si acertaba o no el entrenador, Hansi Flick, en empujar a sus jugadores fuera del cesped para no provocar a nadie. Cuando los minutos de los programas y las páginas de los periódicos se centran en eso es que la batalla ya está perdida.
El fútbol ha entrado en una deriva radical y forofa tan grande que se acepta que los aficionados no puedan celebran los goles en campo contrario, que se expulse a niños de los campos por llevar camisetas equivocadas, que se cuelguen muñecos de los puentes amenzando de muerte a presidentes, que se hagan públicas direcciones de domicilios de directivos, que se amenacen a sus hijos en los colegios y que se debata si es recomendable o no ofender a los borregos a costa de sacrificar a los aficionados. Que los radicales tengan hilo directo con los jugadores y los clubes para “decidir” lo que es bueno y lo que no.
El repunte del odio en el fútbol es indiscutible y bochornoso, pero ocurre con la complicidad de los que pueden hacer algo y miran para otro lado y de los que ven lo que ocurre y prefieren dedicar su tiempo a aspersores o fichajes de segundo pelo. El fútbol es un reflejo de la sociedad actual, pero el camino que está tomando nos deja claro que lo peor todavía está por llegar. Los borregos pueden estar contentos.
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