No solo una sombra

EL ÁLAMO

Publicado: 30 jul 2026 - 00:15
Opinión en La Región
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Las magnitudes importan. No nos resulta tan fascinante observar la sombra de un mosquito pasando por delante de un flexo, que la de la luna ocultando el sol. Pero tampoco es solo una cuestión de tamaños: el día y la noche, que experimentamos en cada jornada, es una suerte de enorme eclipse al que estamos de sobra acostumbrados, por lo que ya no nos asombra. Puedo imaginar perfectamente el desconcierto de Adán y Eva en la primera noche de la historia de la humanidad. Y puedo imaginar a Eva, en tinieblas, con el mamut a medio cocinar, gritando: “Adán, ¿qué demonios has tocado esta vez?”. Pero es algo que ocurre cada noche. La posibilidad de contemplar un eclipse total en nuestra tierra es algo que sucede de media cada 350 o 400 años.

De modo que lo que hace extraordinario el eclipse solar del próximo 12 de agosto es que es eso, extraordinario. Nos encantan la mayoría de las cosas que solo van a ocurrir una vez en la vida. Y luego está el contexto. El mosquito que cruza frente al flexo no requiere grandes explicaciones: es solo un insecto haciendo cosas de insectos alrededor de un foco de luz. En cambio, el sol es fuente de vida y energía. Y la luna es la madre de toda la mitología y el romanticismo; que al sol no podemos ni queremos mirarlo frente a frente, pero la luna es cómplice de todas nuestras madrugadas en vela; es testigo de fiestas y desamores, de soledades y de contratiempos, de nuestros duermevelas por los vaivenes del corazón, de la enfermedad y de la larga espera de un gran día del que solo nos separa una densa oscuridad. Y es ahora también la protagonista del gran evento astronómico que nos espera.

Con todo, sostengo que lo más extraordinario de lo que ocurrirá el 12 de agosto tiene que ver con la belleza, incluso más que con la ciencia. Si intentas adivinar por qué un Creador fue capaz de preparar algo tan visiblemente espectacular sin ninguna otra función natural que la de que pudiéramos contemplarlo los hombres, y en este caso los hombres de 2026, solo puedes concluir que ese Creador quería decirnos algo, en este momento, acerca de la belleza.

El mundo, la naturaleza, podría funcionar igual si todo fuera más gris, si no hubiera colores vivos en las flores, si los animales fueran monótonos como sombras, y si el mar fuera una inmensa lágrima de lava negra. Dios podría encontrar la manera de hacer que todo eso realizara sus funciones de la misma manera que ahora, pero sin ser bello. Sin embargo, lo quiso hacer bonito. Y nos regaló el extraordinario fenómeno de los eclipses solares, quizá solo para recordarnos que la contemplación de la belleza no es asunto banal. De todos los animales, solo el hombre es capaz de comprender el misterio de la belleza.

Los protagonistas, el sol y la luna, tampoco parecen casuales. En el milagro de Fátima, danzó el sol. En la muerte de Cristo, la luna eclipsó al gran astro y volvió todo tinieblas. Y este 12 de agosto, una vez más, la penumbra vendrá a repetirnos que la belleza de los cielos no es un accidente, sino la confirmación de que llevamos dentro una misteriosa huella impresa que nos empuja a buscar el bien, la verdad y la belleza.

El 12 de agosto, durante unos minutos, todos dejaremos de lado lo que estemos haciendo, nos asomaremos a la ventana o nos reuniremos en las calles, y contemplaremos el cielo. Seremos millones. Tal vez en silencio, obviaremos las notificaciones de nuestros teléfonos, nuestras conversaciones, y hasta nuestros problemas, y nos dedicaremos en exclusiva a la contemplación del eclipse. Quizá también en ese momento comprenderemos mejor lo que quiso decir Roger Scruton cuando escribió que “la belleza nos interpela; es una llamada a renunciar a nuestro narcisismo y a contemplar el mundo con reverencia”.

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