Eduardo Medrano
Motín de Esquilache
Vía de servicio
Ocurre a veces que cuando se quiere nadar y guardar la ropa y no se tienen unos conceptos claros uno puede quedarse con el trasero al aire, a pesar de que todas las señales indican que se va por el camino equivocado, que la mayoría social de un país, incluso tus propios votantes pueden considerar insoportables desde el punto de vista moral las imágenes de la destrucción, la maldad, los excesos en la aplicación de la ley del Talión o del derecho de defensa. Nada justifica la matanza de una población inocente con bombas o por hambre. Si no se condena con firmeza los actos que comete el gobierno israelí en la Franja de Gaza donde su ejército ha asesinado a más de 64.000 personas en casi dos años, puede que en un momento determinado alguno de los tuyos acabe por hacerlo. O puede que tus mismos dirigentes comiencen a dar muestras de discrepancias a la hora de enjuiciar unos hechos que para otros tienen una calificación evidente.
Cuando la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, de los conservadores europeos, comienza ver plausible la aplicación de sanciones a algunos ministros del gobierno de Benjamin Netanyahu y se adentra en el espinoso camino de limitar el comercio con Israel y da un débil paso cansado para presionarlo, quienes han considerado una frivolidad que el Gobierno español proponga esas medidas y aún vaya más allá se quedan desnudos de argumentos. Se podría aceptar que a Núñez Feijóo, a la mayor parte de los dirigentes de su partido, e incluso a Von der Leyen les cueste definir lo que ocurre en la Franja de Gaza como un genocidio por sus reminiscencias del Holocausto, pero el Tribunal Penal Internacional ya ha calificado los hechos como un crimen de guerra y por ese delito persigue a Netanyahu fuera de su país.
A estas alturas resulta difícil saber si el PP se opone a las iniciativas de Pedro Sánchez para impedir el comercio de armas con Israel y el resto de medidas adoptadas para presionar a Netanyahu porque son promovidas por el presidente del Gobierno o porque su vinculación con los lobbies israelíes les ha puesto una venda sobre los ojos que los propios conservadores europeos están comenzando a alzar para que vean la realidad y que es preciso adoptar decisiones firmes para acabar con el genocidio.
El Gobierno español, apoyado, según las encuestas, por la mayoría de la ciudadanía, se ha situado en el lado correcto de la historia, al igual que los escasos países europeos que se han decantado por el reconocimiento unilateral del Estado palestino y la aplicación de sanciones. Cuando se habla de la pérdida de influencia de España en el concierto internacional, el Gobierno se ha adelantado y va más allá de las previsiones de la Comisión Europea sin hacer cuenta de las acusaciones de antisionismo habitualmente interesadas y falsas, mientras que otros partidos intentan encontrar rumbo o seguir el que le marcan sus líderes europeos, porque han perdido la brújula o no la han sabido leer.
A la reacción del gobierno israelí sobre la suspensión parcial del acuerdo comercial anunciada por Von de Leyen, acusada de repetir la propaganda de Hamás, habría que contraponerle que muchos países europeos han tenido que hacer frente a desafíos terroristas y que los han resuelto con los instrumentos de los Estados democráticos y no con matanzas.
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