Antón Giráldez
TRIBUNA
Territorio emprendedor
Hace un par de semanas, la entrega de esta columna veraniega trató sobre la separación de poderes y allí se hacía hincapié en el hecho de que el ejecutivo debe dedicarse, esencialmente, a la gestión de los servicios públicos. Por eso, la principal decisión que debe adoptar este poder, en cualquiera de sus niveles de actuación -nacional, autonómico o local-, tiene un nombre tan claro como conocido: presupuestos.
La aprobación del presupuesto no es solo un acto técnico, ni un trámite administrativo. Es, en sí misma, una declaración de principios. Una promesa colectiva. Es el acto donde la voluntad política se hace carne, y la política, en su forma más noble, se convierte en servicio. Calles que se asfaltan, plazas que se llenan de vida, escuelas que abren sus puertas cada mañana: todo ello nace en la deliberación de un documento donde se sella el destino de todos.
En el ámbito local, con los presupuestos nunca se trata de un simple conjunto de cifras; más bien, constituyen la arquitectura del porvenir, la partitura que habrá de dirigir nuestra sinfonía de lo cotidiano. Porque la vida municipal no espera. Un tejado que se cae, un camino que se inunda o una ayuda social que no puede postergarse. Y el presupuesto, con sus líneas rectas y previsiones milimétricas, debe a veces poder plegarse ante la realidad cambiante.
Es ahí donde las bases de ejecución presupuestaria se tornan esenciales: permiten que un timonel con conocimiento y responsabilidad gire el rumbo sin tener que detener el barco entero. Por eso, junto al presupuesto, se aprueba ese conjunto de normas que, aunque menos visibles, son las que, en realidad, determinan con precisión cómo se moverán las aguas del gasto y la inversión por las que deberá navegar la administración local.
Esas bases, como cimientos ocultos bajo la superficie, dan forma al edificio entero. Y entre sus líneas se encuentra un detalle de singular trascendencia: permitir al alcalde modificar ciertas partidas sin necesidad de convocar el solemne escenario del Pleno. No se trata de una licencia caprichosa, sino de una herramienta que, bien utilizada, otorga agilidad a la gestión municipal y permite responder con prontitud a las urgencias del vivir.
Tanto por la desconfianza mutua entre partidos como por la importancia descrita que revisten los presupuestos para cualquier ejecutivo no suele ser fácil sacarlos adelante, salvo en escenarios de mayoría absoluta
Así lo expresó -quizás en frase menos redonda, pero igualmente gráfica- la concejala directamente responsable, en declaraciones recogidas por este mismo periódico el pasado lunes; día en el que, tras cinco años, han sido aprobados los presupuestos de nuestra ciudad. El latido más profundo de la democracia en acción, ese lenguaje callado con el que el municipio se sueña a sí mismo. Hasta que despierte.
No se debería olvidar, sin embargo, que esa facilidad otorgada es también una carga. Modificar partidas no es solo mover números: es reordenar prioridades, tocar el alma del compromiso político. Por eso, cada decisión tomada al amparo de las bases debe llevar consigo el eco de la competencia, la sombra de la mesura y la claridad de un propósito común. Es en el conjunto de esas cualidades sobre las que cabe depositar semejante responsabilidad.
Tanto por la desconfianza mutua entre partidos como por la importancia descrita que revisten los presupuestos para cualquier ejecutivo no suele ser fácil sacarlos adelante, salvo en escenarios -cada vez más escasos- de mayoría absoluta. Que se lo digan, si no, al presidente del Gobierno, que ha incumplido por segunda vez el mandato constitucional de presentarlos. Aunque igual debería intentarlo. Nunca se sabe.
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