Xaime Calviño
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CAMPO DO DESAFÍO
El olivo en Galicia ha tenido, hasta hace bien pocos años, una presencia testimonial. Tan marginal que ha dado carácter a la localidad de Quiroga, en la Ribeira Sacra lucense, camino del Bibei y de As Ermidas, en la diócesis ya de Astorga y vestigio del antiguo ecosistema en los entornos monásticos. Junto a ellos, los atrios de las pequeñas iglesias románicas del país, de san Pedro de Solveira, en Xinzo de Limia, a la Virgen de la Salud en Parada de Nigrán, toda la línea del sur de Galicia, alberga antiguos ejemplares de olivos que, como es tradición, celebran la entrada de Jesús en Jerusalén y reciben con la paz a los fieles. Está, además, la toponimia que arroja, para el conjunto del país, no menos de setenta referencias de lugares que nombran los olivares o las olivareiras. Serán, como digo, y pese a existir menciones a la calidad del aceite que se recogía en Betanzos, las cuencas del Miño y del Sil y algunos valles apartados, las áreas que con más atención cuidaron de su presencia y cultivo.
Al olivo, en Galicia, lo adornan con algunas historias apócrifas. Así, se cuenta que fue bajo el reinado de Felipe IV, cuando su valido, el Conde Duque de Olivares, ordenó gravar con un impuesto la producción de aceite. Tal medida, que sumaría una carga más a la ya muy maltrecha economía del reino de Castilla, tendría como respuesta de sus propietarios la tala de los antiguos olivos, quién sabe si para reconvertir las superficies cultivables en florecientes viñedos o para dedicarlos a los nuevos cultivos traídos de América, el maíz y la patata, tan indisociables de la economía agraria del país. Frente a esta tesis, como digo victimista y no documentada, el sabio etnógrafo Xaquín Lorenzo, Xocas, consideró –y transcribo referencia facilitada por el historiador tudense Sánchez Bargiela- “que foi alá polos séculos XVII e XVIII cando máis intensidade acadou o seu cultivo –o do olivar-, decaendo no XIX e tendo case desaparecido nos tempos de hoxe”.
Al olivo, en Galicia, lo adornan con algunas historias apócrifas. Así, se cuenta que fue bajo el reinado de Felipe IV, cuando su valido, el Conde Duque de Olivares, ordenó gravar con un impuesto la producción de aceite.
Hasta aquí la breve referencia histórica. El presente del olivo en Galicia vive un lento y esperanzado despertar. Cultivadores y técnicos avalan la idoneidad de nuestra tierra para acoger a este antiguo testigo de nuestros campos y aldeas, siempre situado en lugares señeros de lindes o cruces de caminos, a veces también entremezclado en las fragas con otras especies silvestres. Al interés renovado por el olivo, este año se recogerán no menos de 150 toneladas de aceituna, ha contribuido el descubrimiento por el CSIC de hasta 20 variedades autóctonas que, junto a las más cultivadas, caso de la picual o la arbequina, auguran un futuro posible y un paisaje reconciliado con una, casi, perdida tradición.
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