José María Eguileta Franco
DIARIOS DO PASADO
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Al principio no me dolió demasiado. Algo similar a un tatuaje, a la primera vez del sexo anal. Supongo. A la costilla flotante que se me sale para fuera cuando me agacho y la postura se me retuerce.
En eso también nací roto.
Pero es lo malo que tiene el querer, que cuando duele, nunca sabes en qué grado.
Ella vivía en la Cuña, que desde entonces se ha convertido en un sinónimo perfecto de algo que está en a tomar por culo. Yo, ya no sé ni donde vivía. Al otro lado de la ciudad, entiendo, no iba a ser aquella la vez en que el amor me tendiese una mano sincera de tregua.
Al principio sonreía sin parar.
Algo similar a un tatuaje, a la primera vez del sexo anal. Supongo.
Compré un ramo de rosas, de las blancas, que las rojas me parecían cosas de viejos. Las até yo mismo, con un cordel que mi madre usaba para envolver los regalos de cumpleaños. Me pinché varias veces con los tallos, pero eso tampoco me dolió demasiado. Y aunque tardé más de la cuenta, conseguí envolverlas en un papel rojo evitando que se viera el logo del Simago.
También nací así, trapalleiro.
El camino hasta su colegio era una línea recta. El San Pío X, al que yo llamaba Equis en un chiste de doble sentido que nadie parecía entender. Recorrí el trayecto varios días, llevando una xesta de mi pueblo que emulase las rosas. Para calcular el tiempo. Uno no camina a la misma velocidad si lleva algo en brazos.
A las rosas, que eran de las barateiras por no tener yo ingresos habituales debido a mi corta edad, se les fue el olor a las pocas horas. Y le eché una colonia de mi padre, Brummel, sin tener la menor idea de la gravedad del asunto olorífico en el que me había mezclado.
Todo el camino fui víctima de las miradas y las risas de los transeúntes, sobre todo de ellos, ellas solo suspiros de esos que salen del pecho. Demasiados semáforos en los que parar, demasiados segundos en los que morir. Y las rosas apestando a agencia de seguros. A vejez.
La esperé allí, a la salida del colegio, mientras los niños me señalaban y los padres me juzgaban. Pero eso tampoco me dolió demasiado. Me sentí encoger. Los edificios rascacielos. San Pío XX, XXX, XL. Los helechos palmeras. El ruido de los coches se mezclaba con la algarabía infantil del patio de recreo en un cóctel sonoro casi homicida. Y al fondo ella, la posición recta, prudente, apretando fuerte la carpeta roja llena de fotos de gente que no conozco.
Esto es para ti.
Eeh, ¿qué?
Toma cógelas, es San Valentín.
No, ve yendo a mi casa delante y después te alcanzo.
A mitad de camino miré hacia atrás. La vi venir a lo lejos, por la otra acera, girando hacia otra calle. La esperé en su portal hasta que las rosas no pudieron más. Pero eso tampoco me dolió demasiado. El olor a Brummel tardó varios días en abandonar.
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