Eduardo Medrano
Motín de Esquilache
CAMPO DO DESAFÍO
Lo decía Oliver Laxe, autor de O que arde (2019), en alguna de las entrevistas que estos días promocionan su nueva película, Siràt, en Cannes: “El olor a crepúsculo se junta con las ganas de que surja un nuevo mundo”. Los artistas tienen esa capacidad de anticipar y sintetizar los malestares que, difusos, anidan en la sociedad. Quienes somos hijos del bum demográfico, la vida en las ciudades y la apertura económica que nos sacó de las tinieblas del subdesarrollo material, vemos ahora con perplejidad y temor los movimientos apocalípticos o disruptivos que ponen en cuestión la obra realizada.
Son los que jalean al Trump imperial y el nacionalismo de Putin, admiran el modelo económico de Milei o el carcelario de Bukele, son indiferentes al machaqueo inmisericorde de los árabes de Palestina y entusiastas de la expulsión de los inmigrantes de nuestras ciudades
Las nuevas generaciones, una parte de ellas al menos, herederas conscientes de nuestras frustraciones y limitaciones, han empezado a decir basta. Hay quienes, como Oliver Laxe, metidos ya en la cuarentena, experimentan una vida alternativa. Todavía con un pie en el cine o las actividades del mundo rápido y del dinero –su película está producida por Movistar+ y El Deseo, de los Almodóvar-, pero con el otro pisan ya “la dudosa luz del día” de un retorno a los modelos de vida anteriores. Por ejemplo, el retorno a la aldea, un rincón de Os Ancares, en el caso de Laxe; la vida lenta, el reconocimiento cultural y sensorial de la naturaleza, de la tradición y sus potencialidades emancipatorias. Será la conexión con los abuelos, la última generación que vivió según los modos antiguos, la que tiene aquí una importancia transmisora capital y así lo atestiguan la memoria del propio cineasta como, sin ir más lejos, el fenómeno actual de nuestras poetas, y no sólo en Galicia.
Otros, aún más jóvenes, convierten su desconfianza sobre nuestro legado en airada reacción contra los valores liberales y de progreso social, el orden de la razón política y ética vigentes durante las últimas ocho décadas. Son los que jalean al Trump imperial y el nacionalismo de Putin, admiran el modelo económico de Milei o el carcelario de Bukele, son indiferentes al machaqueo inmisericorde de los árabes de Palestina y entusiastas de la expulsión de los inmigrantes de nuestras ciudades. Son las nuevas camadas de lo que hasta ayer equiparábamos a algo muy cercano al fascismo y que hoy edulcoramos para tener una comida familiar en paz.
Estos jóvenes, ruralistas o iliberales, todos con una sensibilidad emocional a flor de piel, detectan el “olor a crepúsculo”, la fatiga de materiales. En el despliegue extremoso de sus visiones ignoran a quienes más cerca tienen: aquellos de sus coetáneos, la mayoría, que a diario se agarran a sus trabajos y salarios precarios, a sus vidas y valores mediocres. No anuncian éstos un mundo nuevo, pero sí, al menos, uno razonablemente mejorable.
Contenido patrocinado
También te puede interesar
Lo último