Xabier R. Blanco
CLAVE GALICIA
Museo José Suárez, clic en Allariz
Los boomers generalmente abarcan desde mediados de la década de 1940 hasta mediados de la de 1960. Somos de una generación bastante definida y particular. Las más conocidas son las del baby boomers, la Generación X y la de los millennial, pero hace tiempo que estos últimos no son los más jóvenes. La Z, la Alpha y la de Cristal, que se solapa con las dos últimas, son las que continúan la línea cronológica. No es malo, alguno lo encontrará simpático, el bautizar a las generaciones, aunque se hace casi siempre ‘a posteriori’. Sin necesidad de eso los que vivimos sábenos quienes son de una generación u otra, no sólo por los años en que nacieron, también por las costumbres, el modo de vestir, divertirse o sus gustos culinarios.
Muchos viven solos, o en residencias con visitas esporádicas o conversaciones cada vez más escasas
El último informe de la “Carga Global de Enfermedades”, publicado en «The Lancet», llama la atención sobre las “muertes por desesperación”. No es sorpréndete en nuestra sociedad que celebra la juventud, la inmediatez y la tecnología, que los mayores parecen haber quedado relegados a un rincón silencioso del tiempo. Son de un pasado que construyó el presente, pero que hoy ni se les reconoce, y rara vez encuentra espacio en el discurso público. Invisibles en los medios, ausentes en las políticas y poco considerados en la vida cotidiana, los mayores enfrentan una forma de exclusión tan discreta como profunda: el olvido. El discurso social sobre el envejecimiento suele asociarlo con carga o deterioro, no con experiencia ni sabiduría.
La realidad no puede resumirse solo en cifras de pensiones o tasas de dependencia. Los mayores no son “restos” del pasado: son su testimonio vivo, atravesado crisis, guerras, dictaduras, cambios tecnológicos y transformaciones sociales profundas. Detrás de cada rostro hay historias de trabajo, sacrificio y resiliencia que marcaron el rumbo de la sociedad próspera y que ahora se está destruyendo. Muchos viven solos, o en residencias con visitas esporádicas o conversaciones cada vez más escasas. Desde mi punto de vista cuando la sociedad deja de escuchar a los mayores, pierde su memoria colectiva, y muy importante se debilitan o destruyen los lazos entre generaciones. Dar visibilidad a los mayores es también un recordatorio de lo que algún día todos seremos: parte de una generación que necesitará ser escuchada, acompañada y valorada.
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