Miguel Abad Vila
TRIBUNA
La orina chivata
TRIBUNA
La observación de la orina como método de diagnóstico médico posee una larga tradición histórica. Mucho antes de los análisis clínicos modernos, los médicos examinaban el color, el olor, el aspecto e incluso el sabor de la orina intentando descubrir enfermedades ocultas. Esta antigua práctica aparece retratada de manera fidedigna en la película “Charlatán” (2020) de Agnieszka Holland, inspirada en la vida del sanador checo Jan Mikolášek, famoso por diagnosticar dolencias contemplando exclusivamente las muestras de orina de sus pacientes.
En este film, proyectado recientemente dentro del XI Ciclo de Cine y Medicina, organizado por el Ilustre Colexio Oficial de Médicos de Ourense (ICOMOU) en colaboración con el Cineclube Padre Feijoo, el protagonista sostiene frascos de vidrio frente a la luz y, a partir de su tonalidad o transparencia, se muestra capaz de identificar problemas hepáticos, infecciones, trastornos digestivos o enfermedades renales. Aunque el filme obviamente dramatiza las capacidades del personaje, la realidad es que la medicina moderna reconoce que el color y el aspecto de la orina sí pueden aportar cierta información sobre el estado de salud.
La orina normal suele presentar un color amarillo claro, debido a un pigmento llamado urocromo. Cuando una persona está bien hidratada, la tonalidad es más transparente; si existe deshidratación, el color se vuelve más oscuro, cercano al ámbar o al miel.
Sin embargo, determinados cambios pueden indicar alteraciones relevantes. Una orina rojiza o rosada puede deberse al consumo de remolacha o frutos rojos, pero también a la presencia de sangre, infecciones urinarias, cálculos renales o incluso tumores de vejiga y riñón.
Aunque hoy la ciencia dispone de herramientas mucho más precisas, el color de la orina continúa siendo una señal sencilla y útil que puede alertarnos de que algo pudiera no estar funcionando correctamente en nuestro organismo.
El color marrón oscuro o parecido a la cerveza suele asociarse a problemas hepáticos, como hepatitis o cirrosis, aunque también puede relacionarse con una deshidratación severa. Del mismo modo, una orina anaranjada puede indicar trastornos hepáticos o de las vías biliares, además de aparecer al tomar ciertos fármacos, como por ejemplo la rifampicina, empleada en el tratamiento de la tuberculosis.
Existen también colores menos frecuentes, como el verde o azul, debidos a colorantes alimentarios o medicamentos, aunque en ocasiones pueden relacionarse con infecciones bacterianas o enfermedades metabólicas raras, como el conocido síndrome del pañal azul.
El aspecto de la orina también aporta pistas importantes. Una orina turbia puede indicar infección urinaria o presencia de cálculos renales, mientras que la espuma persistente puede relacionarse con exceso de proteínas y problemas renales.
A pesar de ello, los especialistas insisten en que la observación visual nunca sustituye a un diagnóstico médico completo. En la actualidad, el análisis de orina se complementa con pruebas de laboratorio capaces de detectar bacterias, glucosa, proteínas o sangre microscópica.
La película “Charlatán” nos recuerda cómo la medicina tradicional confiaba enormemente en la observación clínica. Aunque hoy la ciencia dispone de herramientas mucho más precisas, el color de la orina continúa siendo una señal sencilla y útil que puede alertarnos de que algo pudiera no estar funcionando correctamente en nuestro organismo.
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