Pilar Cernuda
CRÓNICA PERSONAL
Aquí no dimite nadie
PERDÓN POR LA MOLESTIA
Más de medio millón de gallegos que han nacido en esta tierra residen en otros países, según los datos manejados por el Instituto Nacional de Estadística (INE). Igual buscaron fuera un horizonte vital mejor al ofrecido puertas adentro. Los hay que marcharon haciendo buena la sentencia de Castelao: "O galego non protesta, emigra".
Esta tierra siempre hace un hueco a los suyos por si regresan, sobre todo en términos emocionales. Nada reconforta más que el recuerdo pese a los años en la diáspora. Homenajes y demás lisonjas esperan a los que triunfan. Los demás tienen amortizado el tributo. En mi aldea los emigrantes a los que les había ido bien retornaban en agosto. A los que les había ido mal no les veíamos el pelo. Cuando la fiesta se daban a ver porque ganaban la subasta de las andas para meter al santo en la iglesia y eran los que pagaban la restauración del retablo de la Virgen del Carmen o el arreglo del reloj de la torre. Gruesos anillos, acentos impostados y coches de lujo eran parte del atuendo diferencial. Hoy cualquiera de ellos sería candidato al premio Ourensanía. La Diputación acaba de entregar el galardón a un reputado oncólogo e investigador de origen ourensano, Rafael López. Méritos ha contraído para esa distinción y para otras muchas, sin duda. Nada que reprochar a los anteriores premiados que en lo suyo han sobresalido. Aún no está muy bien definido el concepto ourensanía, debe ser como una inflamación de alguna glándula emocional de difícil localización en nuestras entrañas. Es difícil negarle carga sentimental a cualquier persona que se siente orgullosa de sus orígenes. Entiendo que tan noble como presumir de ourensanía lo será hacerlo de toledanía o sevillanía. A ver quién les priva de sus inflamaciones glandulares a nivel emocional. Una de las características del premio de la Diputación es la abrumadora mayoría de distinguidos que o no viven en Ourense o son ajenos a su realidad. Todos con origen provincial y méritos conseguidos fuera, seguro que muchos hubiesen querido destacar aquí. A lo mejor es una interpretación reduccionista, pero solo han contraído méritos los emigrados. Premiarles es una forma de reconocerles, también que han tenido que irse para romper costuras. A lo mejor es que quienes han quedado aquí no tienen méritos. Siempre puede pensar la Diputación en otros premios para los locales. ¿Qué tal los premios Ourensaniños? Todo sea con el máximo de los respetos, claro. Entre el medio millón de gallegos espallados polo mundo aún hay muchas ourensanías por diagnosticar y que puedan recibir la llamada del jurado.
Había un programa en la TVG que se llamaba "Somos unha potenzia". En el espacio Arsenio, el zorro de Arteixo, podía reflexionar sobre las capacidades nativas o alguien especulaba sobre lo que pueden decir "os rumorosos". La Región desplegaba estos días velamen para proclamar a los cuatro vientos que "Ourense supera los 306.000 habitantes gracias al impulso de la emigración". Nueve personas de fuera llegan cada día aspirando a vivir mejor y a sufrir tal vez algún día una inflamación de las glándulas ourensaníacas para sentirse ya en plenitud de facultades. Venezolanos y colombianos, sobre todo, han tirado del freno de mano y han impedido que el censo se despeñe. Si por los aborígenes fuese, íbamos de cabeza al arqueólogo, ya ni siquiera al médico. Aún así quedan lejos los 318.000 de hace diez años. Pero ahora que hemos cogido carrerilla los siguientes retos serán conseguir más niños que perros y más parques que tanatorios. Llegan seres de otros confines a desempeñar trabajos que los de aquí desdeñan. Un clásico de la emigración. Si algún día somos una potencia habrá que tributarle a los que llegan de fuera el homenaje que se merecen, que no sea una ourensanía de segunda. En el programa de la tele hasta el exministro José Blanco dio un mitin y preguntó a los espectadores: "Que queredes, que suba o pan ou que baixe a caña?" Hoy habría que cambiar el enunciado: "Que queredes, que suban as arepas ou que baixe o mate?".
Atribuyen a Eulogio Gómez Franqueira, fundador de las cooperativas Coren y otras realidades empresariales que aún perviven la siguiente frase: "Hai veces que dan ganas de dicir eu non son desta parroquia". Para cerrar la semana de los magostos, el día del patrón San Martiño y, claro está, de la Ourensanía, salió la peor versión de esa supuesta condición de grandeza atribuible al vocablo que implantó la Diputación para premiar el espíritu y las entrañas positivas de los nuestros. La inteligente política de este balón es mío y tú no juegas que ha esgrimido por enésima vez el alcalde en relación a su posición con la plaza de abastos le ha dejado de nuevo ante el espejo de un problema casi personal (o sin casi) que le impide racionalizar los asuntos. Desea a toda costa echar a los placeros y sacar una nueva concesión bajo pretexto de que quieren eternizarse en la sede provisional de la Alameda. Comerciantes, Xunta y Diputación han sellado una alianza para asumir el coste de la reforma inacabada en el edificio principal, pese a que el casero no quiere. Hay veces, cierto, que dan ganas de negar el origen sabiendo que en la principal institución de la ciudad se razona de este modo. No sé si espera recibir algún día el premio Ourensanía. De momento acredita merecimientos para lucir una escarapela con una nueva ourensanada.
Mira tú como queda al paisaje después de la batalla de la ingesta y el despendole típico del magosto en los alrededores de la ciudad. Mira tú como la falta de cabeciña deja el monte con esta pinta tras la típica y tópica celebración popular. Mira tú que este año, como tantos otros, la gente se ha ido después de la juerga sin mirar atrás y sin agacharse para recoger pos desperdicios para depositarlos donde es pertinente. Mira tú lo poco edificante que resulta esta imagen, muy similar a la de cualquier calle de la zona de juerga urbana cada fin de semana por cierto. Mira tú que estas cosas pasan una vez al año en el monte pero lo otro ocurre cada semana en plena ciudad. Mira tú lo difícil que es crear conciencia medioambiental en una provincia que permite que cada verano arda por los cuatro costados sin otra reacción que el lamento y, como mucho, la monárquica disculpa de lo siento mucho, no volverá a ocurrir. Mira tú.
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