Pilar Cernuda
CRÓNICA PERSONAL
Aquí no dimite nadie
El entusiasmo desapareció entre todas las grietas que deshicieron las aceras, los edificios de colores del otro lado del puente se descorcharon como la piel marchita de la edad y el cemento invadió esquinas y alcorques.
Las plantas se murieron.
Quizás nunca vivieron del todo.
Ourense, te quiero, pero estás acabando conmigo.
Me relega a sentirme como un extraño. Tan solo un extraño. Extraño en Lepanto. En Viriato. Extraño en la Luna. Extraño en mi ciudad
Las calles siguen rotas, los adoquines, las placas con los nombres fracturados, y un trajín desmesurado cercado al privilegio de quien hizo fortín sobre el suelo empedrado me relega a sentirme como un extraño. Tan solo un extraño. Extraño en Lepanto. En Viriato. Extraño en la Luna. Extraño en mi ciudad.
Ourense, te quiero, pero me estás volviendo loco.
Con tu comportamiento atroz de amante afligido, con tu hostilidad familiar, con tu tonta comodidad de sala de estar, con tu manía ingenua de exceso de confianza. Pero cerraste las tiendas cuando las puertas apenas se movían, que abriste otras que no fueron suficientes, que las aprietas despacio ahogándolas poco a poco, y no sé si es que no fuiste capaz, o si permitiste que el alquiler de las paredes que habitamos se convirtiera en algo apenas alcanzable.
Apenas real. Apenas cerca.
Ourense, te quiero, pero es todo tan difícil.
Trabajar, aparcar. Ir al bar. Es difícil plantear un futuro donde estés tú, con la actitud estabilizadora de madre que solías tener, manteniendo la calma, respirando, contando hasta diez. Y no sé en qué momento exacto se te agotó la parsimonia y la paciencia y todo fue caos, o si se me agotó a mí, adorador incondicional de todos tus nombres. Auria, Oregón, Orense. Que te devoró la prisa, el ritmo frenético de quien viene y no te conoce. Y los taxis que no están y el autobús que nunca llega.
Ourense, te quiero, pero me estás agotando.
Que a lo mejor te hiciste mayor y te volviste holgazán, y ya te acostumbraste a que el termómetro del parque marque sesenta grados en agosto y menos cuarenta en invierno, a que el asfalto se levante por la lluvia los días de tormenta. Quizás ya te acostumbraste a que hayan vestido a los cines de franquicia deportiva. De normalidad vacía y compartida. La UDO, al menos, ha vuelto a ganar.
Te has convertido en el paraíso codiciado a dos horas de distancia que todos quieren. Y el trenecito que ya está agotado de dar vueltas.
Ourense, de verdad te quiero, con tus interrogantes, con las dobles filas infinitas, con tu cielo de grúas y tu extrarradio incalculable. Con todos los tatuajes en todas las paredes, te quiero a pesar de los olores el domingo de la mañana, del mercado a medio empezar, a medio terminar.
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