Antonio Nespereira
PERDÓN POR LA MOLESTIA
Adiós a "comín como un cura"
SENDA 0011
Suena el despertador y todavía no hay luz. En invierno, Ourense a las seis de la mañana es una ciudad que no existe. Las calles están vacías, las farolas iluminan la niebla del Miño y el único ruido es el de tus propios pasos si sales a correr, o el de la cafetera si te quedas en casa. Las seis no son madrugada. Son el principio de todo antes de que todo empiece.
Al principio de Redegal, las seis eran la hora a la que me acostaba, no a la que me levantaba. Programaba de noche, dormía de día, y mi reloj biológico era el de un estudiante de informática que confundía productividad con resistencia
Llevo años levantándome a esa hora. No siempre fue así. Al principio de Redegal, las seis eran la hora a la que me acostaba, no a la que me levantaba. Programaba de noche, dormía de día, y mi reloj biológico era el de un estudiante de informática que confundía productividad con resistencia. Tardé años en entender que trabajar más horas no significa trabajar mejor.
El cambio no fue una epifanía. Fue un deterioro. Empecé a tomar peores decisiones. A responder correos con un tono que no reconocía como mío. A confundir urgencia con importancia, el error más caro que puede cometer quien dirige una empresa. Y un día decidí darle la vuelta al reloj. No para trabajar más, sino para tener un espacio antes de que el mundo me pidiese cosas.
Desde entonces, las primeras horas del día son mías. No de la empresa, no del correo, no del teléfono. Mías. En ese espacio cabe lo que no cabe cuando el día arranca: leer sin prisa, pensar sin interrupción, escribir estas líneas. Esta columna se escribe los domingos, pero se piensa entre semana, a las seis, cuando nadie espera nada de mí.
Sé que hay privilegio en esto. No todo el mundo puede elegir su hora de despertar. No pretendo convertir mi horario en modelo universal. Pero sí creo, porque lo he vivido en mi cuerpo y en mi empresa, que la disciplina con el tiempo es la forma más honesta de libertad que conozco.
Y digo disciplina, no productividad. La trampa de nuestra época es confundir ambas. Las redes están llenas de gurús del “morning routine” que venden madrugar como fórmula de rendimiento. Como si el objetivo fuera optimizar cada minuto para producir más. Como si descansar fuera debilidad.
No es eso. La disciplina que a mí me funciona tiene que ver con proteger el día. Con poner una frontera entre lo que elijo y lo que me viene impuesto. Porque cuando diriges una empresa con clientes en varios países, que cotiza en bolsa, con ciento treinta personas pendientes de decisiones que solo puedes tomar tú, el día te devora si no le pones límites. Y los límites se ponen a las seis, cuando todavía puedes decidir en silencio qué merece tu atención.
Mi Whoop lleva más de mil días consecutivos registrando mi actividad. No lo cuento para presumir de racha, sino porque ese número representa la prueba de que soy capaz de mantener un compromiso conmigo mismo. Un compromiso que nadie audita, que no sale en ningún informe trimestral. Pero que sostiene todo lo demás.
La energía con la que llegas a una reunión a las diez se decide a las seis. La calidad de una decisión estratégica depende, más de lo que nos gustaría admitir, de si has dormido bien, de si has movido el cuerpo, de si has tenido veinte minutos de silencio antes del ruido. No es misticismo. Es fisiología.
Hay ciudades diseñadas para correr y ciudades diseñadas para resistir. Ourense es de las segundas
Ourense ayuda. Hay ciudades diseñadas para correr y ciudades diseñadas para resistir. Ourense es de las segundas. A las seis en enero la temperatura te obliga a negociar contigo mismo cada paso. Pero por eso funciona. Si mantienes una rutina aquí, la mantienes en cualquier sitio. Madrid, Ciudad de México, Ámsterdam: llego a todas partes con el día ganado.
A veces me preguntan cómo se concilia esa disciplina con la vida familiar. No siempre se concilia. Hay semanas en las que el horario salta por los aires. Y no pasa nada. La disciplina no es rigidez. La rigidez es frágil. La disciplina se dobla, se adapta, pero vuelve. Siempre vuelve.
Escribo esto un domingo. Son las siete, mi versión de dormir hasta tarde. Ourense sigue en silencio. Y en ese silencio, antes de que suene el primer mensaje, hay una claridad que no se consigue de otra forma. No es magia. Es costumbre. Pero a veces, la costumbre es lo más parecido a la sabiduría que tenemos.
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