La palabra maldita

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El rey pronunció un importantisimo discurso en la Asamblea General de Estados Unidos, y todo la carga se ha puesto en si pronunciaba la palabra “genocidio”. Palabra maldita desde que Pedro Sánchez calificó así la actuación del ejército israelí en Gaza.

Todo el mundo político, excepto Vox, coincide en la brutalidad e ignominia de ese ataque en el que el gobierno israelí no ahorra ninguna de las perversidades del trato inhumano recibido por los gazatíes que intentaban escapar del infierno, sin diferenciar a la población civil de los terroristas de Hamas, a cubierto en sus refugios subterráneos y bunkers. Pero la palabra genocidio significa exterminio selectivo de una raza, religión, etnia o nacionalidad. Y en buena ley, consideran no pocos expertos, eso no se está produciendo en Gaza.

En crónica anterior recogíamos que los discursos del rey fijan la posición del Gobierno, como es norma en las monarquía parlamentarias en las que el Jefe de Estado está obligado a aceptar el resultado de las elecciones en las que se manifestan los ciudadanos, y el resultado posterior de la votación parlamentaria que elige al jefe de Gobierno. De hecho, las interveniones de jefes de Estado que comparecen ante la Asamblea General de la ONU. Presentan la posición del Gobierno de ese país ante el resto del mundo.

Era por tanto esperado que el rey Felipe pronunciaría un discurso elaborado en Moncloa, del que tendría conocimiento previo para adaptarlo a su lenguaje -de esa manera se asume que el Jefe de Estado puede realizar alguna leve modificación- pero en ningún modo puede modificar el sentido de ese discurso. Y la atención estaba centrada en como abordar Felipe VI ese reto.

Cualquiera que conozca cómo piensa el rey Felipe, expresó claramente también su propia posición, de denuncia y dolor ante la brutalidad con que actúa el gobierno israelí contra la población gazatí

Cumplió su papel con el rigor que exige la Constitución, ahí estaba la posición del gobierno respecto a Gaza, y sin duda, cualquiera que conozca cómo piensa el rey Felipe, expresó claramente también su propia posición, de denuncia y dolor ante la brutalidad con que actúa el gobierno israelí contra la población gazatí, pero condenando también de forma inequívoca a Hamás y expresando además la amistad de España con Israel, con su pueblo. Una larga historia compartida.

La Casa Real no se pronuncia sobre acusaciones o discursos del rey. Tampoco lo ha hecho en esta ocasión. Pero la mayoría de los perpodistas españoles, y seguro que también políticos, han leído con interés la crónica que ha publicado El País en la que el periodista que cubre información de Moncloa, al que la profesión considera más portavoz de Sánchez que la propia Pilar Alegría, escribe que fue la Casa Real la tuvo la iniciariva de suprimir la alabra genocidio, información que solo podía proceder de Moncloa.

¿Por qué interesaba a Sánchez que se conociera ese dato, para demostrar que su relación con el rey es más conciliadora de lo que se cuenta? ¿Para sugerir que el rey intenta marcar su propia línea en grandes cuestiones de Estado y el Gobierno lo acepta? Que cada cual lo interprete como guste.

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