Xabier R. Blanco
CLAVE GALICIA
Portero de noche
Los hechos se remontan a hace unos meses, pero es oportuno traerlos a colación. Lord (Michel) Bates, miembro de la Cámara de los Lores (Cámara Alta del Parlamento británico) había presentado su dimisión por llegar tarde al Parlamento. Su demora le había impedido que pudiera contestar a una pregunta formulada por una diputada laborista. Debía estar en la Cámara a las tres de la tarde pero llegó unos minutos tarde. La primera ministra británica no aceptó su dimisión al considerarla "innecesaria". Todo un gesto de generosidad política.
Bates -que también era secretario de Desarrollo Internacional del Reino Unido-reconoció estar "absolutamente avergonzado” y ofreció sus "más sinceras disculpas por su descortesía", añadiendo que en los cinco años en los que ha tenido "el privilegio" de contestar a las preguntas en nombre del Ejecutivo, siempre ha creído que los diputados tienen que "alcanzar los niveles de cortesía más altos posibles". Y a continuación anunciaba su renuncia y, tras su intervención, puso los papeles que traía debajo del brazo y abandonaba la tribuna ante la mirada atónita de los lores.
¿Se imaginan esta situación en España? Claro que el Parlamento británico no es el español. Allí no se admite el insulto o la vejación con la misma alegría que se hace en la Carrera de San Jerónimo. Claro que también los británicos se rigen por una Lex Parliamentaria que se remonta a hace seis siglos. Y no por eso se le puede tachar de “atávica” u obsoleta. Aquel manual hablaba del decoro y comportamiento de los diputados y, por supuesto, jamás hacer ataques personales con palabras injuriosas y ofensivas. Aquel “De Republica Anglorum”, datado en 1583 y firmado por Thomas Smyth, sentó las bases del reglamento por el que se rigen en la Cámara de los Comunes. En la práctica parlamentaria británica existe un manual que recoge las normas por las que se rigen ambas cámaras, la de los Lores y la de los Comunes.
En cualquier parlamento debe primar la cortesía institucional, no sólo en cuanto a actitudes, sino en el propio lenguaje, que debe ser institucional, con un alto grado de formalidad y que es lo que le diferencia del lenguaje diario o de calle. Estas fórmulas de cortesía parlamentaria tienen un gran valor, aunque puedan parecer que están fosilizadas. Y esto es lo que echamos de menos en nuestra cámara baja, más conocida como el Congreso de los Diputados -a veces más bien “disputados”-.
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