Eduardo Medrano
Motín de Esquilache
¡es un anuncio!
Llovía a cántaros. Nada sorprendente aquí, sabes cuando empieza a llover, pero nunca cuando va a dejar de hacerlo.
Caminé firme tratando de sincronizar el paso con cada golpe de la canción con los ojos cerrados para no distraerme. Conté demasiado rápido los quince pasos que medía el escenario. Al abrirlos de nuevo me cegó el cañón de luz y pisé aire, precipitándome metro y medio abajo.
El instituto del Couto apestaba a humedad y a ese olor funesto cuando el desodorante no es capaz de esconder el sudor. No sé cómo llegué allí.
Al Couto, quiero decir, que el instituto ya lo había abandonado hace algún tiempo.
Supongo que me invitó mi amigo Rafa, que trabajaba en algo de música, organizando eventos, y estaba, además, obsesionado con ligarse a una profesora en prácticas.
(*nunca sucedió)
Le habían encargado montar un desfile de moda. Nada profesional. Contactar con una tienda local y escoger a algunos alumnos para que se convirtieran en super modelos por un día. En modelos a secas.
Yo le acompañaba en la mayoría de las ocasiones, mi vida en aquel entonces se basaba en trabajar el fin de semana, dormir de domingo a martes y el resto del tiempo, siendo sincero, apenas recuerdo nada.
Memoria selectiva o trauma irreparable, nadie lo sabrá.
Algunos ensayos, pruebas de vestuario y seleccionar la banda sonora. Así nos tiramos la tarde en el salón de actos. Rafa ejerciendo de productor y director, yo yendo a por cafés, cigarrillos y siesteando en las butacas del fondo.
Al fondo, es donde suceden las cosas.
El desfile empezó sobre el guion establecido. Los chicos y las chicas caminaban hasta el borde del escenario entre murmullos, y canciones obvias de Madonna. Algunos demasiado lento, otros a ritmo de mecanografista.
No tardó en suceder que a uno de los super modelos le dio un ataque de pánico escénico. Nadie nace preparado para que decenas de personas te juzguen desde la distancia del patio de butacas. Y yo, que me había tomado la licencia de unos cigarrillos de la felicidad, me ofrecí a ocupar su lugar. Ser, por una vez, el héroe que todos quieren.
Me vistieron con un pijama de dos piezas. De franela con cuadros magenta. Con la consigna de caminar hasta el fondo del escenario y volver mientras sonaba “Torn”.
Salí decidido, con el equilibrio armonizado por mi condición alterada. Caminé firme tratando de sincronizar el paso con cada golpe de la canción con los ojos cerrados para no distraerme. Conté demasiado rápido los quince pasos que medía el escenario. Al abrirlos de nuevo me cegó el cañón de luz y pisé aire, precipitándome metro y medio abajo.
Me recompuse ágil y seguí con mi desfile inmaculado, ahora ya casi de marcha militar, rodeando las butacas con compostura de profesional. La barbilla bien arriba. El golpe que no se note. Risas y chiribitas.
Caminé y caminé y no dejé de caminar hasta la puerta de mi casa.
Llovió a cántaros de vergüenza todo el camino. El pijama, nunca lo devolví.
Contenido patrocinado
También te puede interesar
Lo último
LOS LIBROS QUE LEO
"Cartas a un joven poeta" para una búsqueda de la paz interior
OBRAS Y SOCAVONES
Ourense, la ciudad de las vallas infinitas