Antonio Santomé
Pobres inspectores “escupidos”
VÍA DE SERVICIO
Seis días exigiendo la dimisión del ministro de Transportes, Óscar Puente, por la tragedia de Urda, con 69 muertos, sumados a los 46 de Adamuz, y cuando presenta su renuncia se habla de cálculo político, de si fue digna o indigna la forma en la que la formuló, al término de la reunión de la Diputación Permanente, si Sánchez se queda o no sin escudo y sin escudero. Toda acción es política y como tal tiene sus defensores, detractores y sus víctimas, que en este caso se sentirán más o menos, o nada, reconfortadas, porque su tragedia ya no tiene remedio y parecen haber pasado a un segundo plano, a una nota al pie de página electoral.
Óscar Puente dimitió -según su explicación- por sorpresa, después de haber recibido el aval de Pedro Sánchez para continuar en el cargo. A la vista de los acontecimientos era una decisión irresponsable -como irse de vacaciones en plena entrada masiva de inmigrantes en Ceuta-, por las consecuencias que ha acarreado, desde el punto de vista electoral dado los pronósticos de bajada generalizada de sus expectativas de los sondeos en caliente.
Puente era un activo electoral para el PSOE y también para los intereses del PP, que ha tenido que variar sobre la marcha su campaña electoral. No es lo mismo criticar a un político señalado que dar lanzada a moro muerto. Feijóo ha ido escalando posiciones en el ranking de deshumanizar al adversario, no le ha concedido el beneficio de la duda y considera su dimisión un teatrillo. Pero con su decisión de dimitir, algo tan inusual que se daba por hecha su continuidad, Puente ha dado un paso que otros tendrán que seguir si se ven en tesituras semejantes. Porque la ciudadanía ya verá como insoportable que no se asuman responsabilidades políticas cuando los hechos sean tan evidentes. Aunque tarde, mal y 116 muertos después, Óscar Puente ha dimitido y los próximos sondeos recogerán cómo ha sido acogida su decisión y si ha devuelto al PSOE los votantes que se habían marchado a la abstención o a otras opciones políticas. Porque esa es la cuestión esencial que barajan los que pedían insistentemente su dimisión y ahora lo consideran algo baladí, porque el punto de mira de sus intenciones es más elevado hasta escalar a quien lo nombró. Se atribuye al Gobierno una degradación moral sin límites desde el comienzo de la legislatura, pero la gradación moral de otros tampoco hace presagiar nada bueno.
En su decisión de dimitir, Puente tuvo tiempo para lanzar un puyazo al expresidente Felipe González, cuando afirmó que nadie está por encima del partido al que pertenece, y esa fidelidad partidista es la que le ha hecho presentar su dimisión, para no perjudicar sus expectativas más de lo que están, porque el accidente de Urda seguirá sobrevolando toda la campaña electoral, y el resto del tiempo, porque entra de lleno, junto con el de Adamuz, en la historia nacional de la desgracia. Hasta ahora no había un ejemplo al que recurrir cuando se trata de forzar y lograr una dimisión que no sea en diferido, como la del expresidente valenciano de la dana, Carlos Mazón.
La dimisión de Óscar Puente ha sido una liberación, en primer lugar, para las víctimas que tienen un responsable político al que atribuir la tragedia; para el PSOE, a la espera de la reacción popular a una dimisión irremisible, y para el propio Puente para quien el “calvario” bajará de intensidad. Ahora solo falta que a la ciudadanía, quien corresponda, le repongan un servicio quebrado.
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