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En el piso de arriba había dormitorios. Los hubo en algún momento. Se usaban para el contacto sexual con las señoritas de compañía por un precio cerrado de antemano.
Las pilinguis. Las putas.
No podría yo afirmarlo, cuando subí allí ya todo eran cajas de cerveza vacías y un congelador repleto de bolsas de hielo. En las habitaciones había moho y no quedaba rastro de ningún indicio de alguna actividad relacionada con el fornicio.
Pero El Patio Andaluz era así: un cúmulo de sinsetidos.
Tropecé con mi propia pierna, porque el enemigo a veces es uno mismo. Justo al llegar al final del recorrido noté como los pantalones de pinzas se me enganchaban con un trozo de pared astillada.
Un futbolín, a veces los Ramones, un pinball, otras veces Rage Against The Machine, y la barra que era demasiado alta para apoyar el codo. De logo una calavera con sombrero. Nada abandonado al azar. Tenían dos cámaras de vigilancia. Que desde la barra de la entrada no se podía ver lo que sucedía en la parte de atrás, y en una pantalla las imágenes de adelante y atrás es intercambiaban en un espacio de tiempo muy breve pero justo para identificar un delito, un morreo o cualquier cosa que sucediese detrás.
Edu, que en aquel entonces era más conocido como Cuchilla aunque nadie sabe bien el porqué, decidió retarme a una carrera. Si yo era capaz de ir a la parte trasera y volver a la entrada sin aparecer en la pantalla, tendría barra libre.
Nunca he dicho que no a un cubata por la cara. Mucho menos si no hay cifra.
En la estrategia tendría que sortear varios escalones, algunas personas, las puertas de los baños, y la distracción de cualquiera de las chicas de las que me enamoraba y desenamoraba en cuestión de segundos.
Hice el recorrido dos o tres veces asegurándome de lo factible. De lo intangible también. No existe autoridad para lo inesperado.
El tramo de ida lo cumplí sin contratiempos, con la zancada larga. Se me resbaló la Converse en el giro de vuelta, pero recuperé el traspié con un pequeño salto al que cualquiera hubiese dado un aprobado olímpico. Se me abrió en las narices la puerta del baño que esquivé en un giro casi de lírico y obvié una voz a mi izquierda que me llamaba por mi nombre. Casi nadie me llama por mi nombre.
Tropecé con mi propia pierna, porque el enemigo a veces es uno mismo. Justo al llegar al final del recorrido noté como los pantalones de pinzas se me enganchaban con un trozo de pared astillada. Seguí con el cometido, obcecado por el número infinito de cubatas, y me impulsé a pesar de sentir como la prenda se desgarraba.
No me importó, era más grande el premio que el perjuicio.
Edu asintió certificando mi éxito en el desafío.
La pernera derecha colgaba de la pared. - Ahora tengo muchos cubatas y dos pantalones- afirmé.
El Patio dejó de ser andaluz, en el piso de arriba nunca más se retomaron -supongo- las prácticas de lo sexual y a día de hoy no hay Ramones ni Machines.
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