Luís Celeiro
TÍA MANUELA
A forza dos votos
Morriña.com
Confieso que mi mayor pecado de verano es la deformación profesional, lo que implica mirar de reojo a la actualidad sin terminar de desconectar. Metidos ya en el julio vacacional, proclamo que me gustaría tele transportarme desde la tumbona de la playa para colarme en La Mareta y asistir invisible a la previsible reunión privada de Sánchez y Zapatero. ¿Cómo le explicará Z.P. a P.S. lo de las joyas y su amistad con el testaferro Julito? Bajo la sombrilla del verano, este periodista imperdonable podría aspirar a conocer las conversaciones secretas postsentencia de Ábalos con Koldo, los momentos más críticos de debilidad y de rabia por comerse el primer gran marrón carcelario del sanchismo. Incluso estaría bien conocer, más allá de los wasap, los pensamientos secretos y más íntimos de Leire y súper Cerdán, ambos manchados por el fango de la cloaca sin saber muy bien cómo han sido capaces de caer tan bajo. Sería apasionante asistir al momento en el que el ONE decide el adelanto electoral o Begoña clamó contra Peinado por irse de vacaciones y dejar en manos del sustituto la denegación de viajar como “presidenta” a la cumbre de la OTAN aunque sí le permita asistir a la graduación de su hija en Londres.
Que el lector sepa que no hay pecado de verano sin penitencia en el futuro, sin la debida conciencia moral que nos obliga
Claro que si prescindimos del periodismo y la política no hay mayor pecado de verano que el abandono de la contención y de la lógica para entregarse a las comilonas sin límites, a los excesos del asueto, al hábito peligroso del holgazaneo. Esa debilidad de dejarse llevar por la vaguería vacacional pone en riesgo la capacidad de regreso al tajo, y fomenta la distracción como individuo en el marco de una sociedad adormecida. Otro pecado de verano es pensar sólo en clave de mundial, en dejar que la épica de la selección engrandezca nuestra pequeñez ciudadana sabiendo, como se sabe, que el fútbol es solamente, como el cine, una fuga de los sueños que no podemos cumplir ni realizar, una vacuna contra la frustración colectiva que nos distrae de la obligación ética y moral.
No hay mayor pecado de verano que el conformismo facilón del hotel de cuatro estrellas, la media pensión y romper los horarios del madrugón para entregarse a la resaca del trasnochar. Eso es tan imperdonable como aceptar el deterioro democrático de la corrupción sistémica sin que el poder dominante asuma la responsabilidad política de su propia perdición. Escuchar que Pedo es guapo y que hay que votarle por su cara bonita para que no vuelva Franco es otro pecado inaceptable de verano, otoño, invierno y primavera que pesará en la conciencia colectiva de este país aletargado. Que el lector sepa que no hay pecado de verano sin penitencia en el futuro, sin la debida conciencia moral que nos obliga. Todo pecado de verano requiere un sacrifico y cierta voluntad cómplice, porque de lo contrario dormiremos la pesadilla de la indiferencia ante la importancia del hecho personal y cotidiano. En todo caso, el gran pecado de verano aún puede estar por venir porque, como la vida y como la política, la realidad virtual es efímera y la verdad una esperanza.
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