Fernando Lusson
VÍA DE SERVICIO
Historia nacional de la infamia
En otro tiempo hubo una cierta sesión humorística, titulada “Nada con sifón”. Lo recordaba al escuchar el mensaje de Pedro Sánchez con su habitual cinismo orgánico, como si la cuestión de fondo del presente deterioro del Estado y el ataque desde su bando a una de sus instituciones esenciales como el poder judicial no fuera directamente con él. Porque, para empezar, pese a los avatares y futuro de su guía y maestro Zapatero, lo esencial de este personaje no es el asunto del Plus Ultra, de las joyas ni las otras cuestiones, sino el conjunto de su responsabilidad en la deconstrucción del Estado, que se inicia hace ahora veinte años cuando dijera aquello de que iba a aceptar, sin conocerlo, el Estatut que le mandaran desde Cataluña para la construcción de una España asimétrica, como quería Maragall, idea mejorada por Sánchez con lo del “Estado plurinivel”.
Siendo como es el presidente del Gobierno, se supone, la persona mejor informada del Estado, arropado por docenas de bien pagados asesores y todo el aparato, resulta que no se enteraba de lo que ocurría a su alrededor de la mano, sucesivamente, de dos de los hombres de su máxima confianza, a los que hizo sucesivamente secretarios de Organización de su partido. Uno, además de poderoso ministro y luego diputado, ha resultado un delincuente común ya en la cárcel, y el otro, además del mismo cargo, mensajero y delegado para negociar con el fugado que le impuso la amnistía a cambio de mantenerlo en la Moncloa con sus votos, dejando sin efecto alguno las consecuencias del más grave ataque a la Constitución y el Estado.
La desiderata de Sánchez, mientras sus ministros en tromba atacaban a la Justicia, ha sido un gran reportaje sobre la corrupción en España, amparando el caso que más directamente le ocupaba en los del PP. Viejo argumento del “otros hicieron lo mismo” que sus hombres de confianza, aprovechado para acusar a la Justicia de proteger o disimular unos casos para ser especialmente severo en otros. Vieja cuestión en todo caso, escuchando a Sánchez defender su exitosa gestión, lo que él mismo decía en cuanto a que el presidente de Gobierno, como es su caso, sin presupuestos, no tiene justificación para seguir en el cargo y debe presentar elecciones. Pero no, pese al endeble y crítico apoyo de sus consocios, de momento va a resistir, porque no le cabe otra, pese la precariedad.
En resumen, Sánchez se reclama como el gran paladín de la regeneración democrática y contra la corrupción, a su pesar cualificado por la de Ábalos, con quien tanto compartiera, incluida la llave para llevarlo a la Moncloa. Y como le dijo a Rufián: “No somos infalibles ni perfectos”. Curioso recordar cuando desde la misma tribuna dijera que por sus principios nunca permitiría que la gobernabilidad del Estado descansara en su acuerdo con ERC.
La respuesta a Nogueras, de Junts, fue muy graciosa, cuando aludió a los efectos positivos de la amnistía que le impusieron a cambio de su apoyo. Junto a su respuesta a Rufián, su parte dedicada a Nogueras fue muy notable para rebatir a ambos que la legislatura estuviera agotada. Pero veamos el marco general del país en el momento que la obra iniciada por Zapatero alcanza su cenit. Todo lo que está ocurriendo en España en estos momentos tiene como marco general la escandalosa puesta sucesiva en libertad, por parte del gobierno del PSOE en el País Vasco, de los más contumaces asesinos de ETA, condenados a cientos de años de cárcel.
El ataque a la Justicia sigue siendo el recurso más común de los miembros del actual Gobierno, para convertir a Sánchez en una víctima inocente de una feroz persecución de jueces corruptos al servicio de la derecha. Pero dentro de este contexto, hay elementos nauseabundos, como la justificación de las relaciones del PSOE con Bildu. Y fue Rufián quien hizo el mejor resumen de la jornada: “Usted ha venido aquí a hablar de la corrupción… de los demás”. Y lo mejor de todo: “Usted está aquí gracias a dos personas. Uno de ellos soy yo”.
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