Pelo Felipe

Publicado: 24 ago 2026 - 00:55
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Yo siempre quise tener el pelo de Felipe de Mafalda.

Sonará raro pero era así. Fue algo infantil. Yo quería tener aquel pelo zanahoria.

En mi infancia y primera adolescencia envidiaba el pelo de algunos amigos míos y odiaba con intensidad malsana el mío.

Yo quería aquel corte de la nuca y las sienes al uno, recortado como el de un obediente soldado, pero al mismo tiempo el flequillo enorme, loco y disparado sobre la frente y hacia adelante como la explosión de una granada o un obús en el campo de batalla. Como el pelo de Felipe.

Mis amigos de niños y adolescentes como por ejemplo Carlos Sánchez o Luis Delgado tenían ese corte de pelo tan moderno hoy entre los chavales, pero yo no. Yo tenía una madeja disparatada, gigante e imposible de rizos negros que se derramaban sobre mi cabeza como las aguas del Iguazú, y eran imposibles de domar.

Con los años y la edad me di cuenta de que mi pelo de entonces era especial. Si yo hoy en lugar de aproximarme a los setenta y estar perdiendo el pelo tuviera los dieciséis años que tuve una vez, estaría saliendo por la tele como modelo en un anuncio de Fructis-Garnier con una sonrisa estupenda.

Pero uno siempre desea ansiosamente lo que no tiene.

Por eso otros se alimentan con dietas absurdas, para conseguir una soñada salud imposible que solo existe en su imaginación

Por eso tanta gente se machaca en el gimnasio o haciendo deporte, para tener el cuerpo que no tiene. Por eso otros se alimentan con dietas absurdas, para conseguir una soñada salud imposible que solo existe en su imaginación. Por eso tantos se adornan con joyas y ropajes caros. Por eso otros se construyen mansiones con docenas de piscinas o coleccionan coches de lujo, porque quieren algo que no pueden tener. Por eso hay gente que incluso se somete a sucesivas cirugías plásticas para cambiarse la nariz, los pómulos, la sonrisa, los pechos, el abdomen, y si se tercia hasta las gónadas. Porque quieren ser lo que no son.

Yo quería tener pelo Felipe, pero la genética no me ayudó en eso. Me dio un pelo muy distinto al que yo soñaba o deseaba.

Sin embargo pensándolo ahora con perspectiva mi pelo de chico, y seguro que todos mis amigos de chavales lo podrían confirmar, era espectacular. Pero como se enredaba en bonitos tirabuzones él solo resultaba difícil de entender, claro.

Un día en Santiago de Compostela en el piso de estudiantes en que vivía entonces con mis amigos, en la ducha de casa por la mañana con el pelo mojado, único momento en que aquello se podía estirar y medir, por curiosidad extendí un mechón de la frente y lo medí con una cinta métrica. Me llegaba más abajo del ombligo, ¡cincuenta centímetros!

¡Uau, vaya pelo, tío!

Por supuesto unos minutos más tarde, tras pasar por la toalla y secarme convenientemente y después de desayunar, yo volvía a ser Ángela Davis otra vez.

¡Ay Dios! Siempre quise tener pelo Felipe, pero no pudo ser… ¡qué frustración!

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