¿A dónde se fueron los veranos?

Publicado: 23 ago 2026 - 06:05
Isaac Pedrouzo
Isaac Pedrouzo | La Región

No sé a donde fueron a parar los veranos. Los veranos donde el tiempo transcurre como las sobremesas de los domingos. Con la única preocupación de que no terminen nunca. Eran de color amarillo, eso lo recuerdo bien, amarillo como la mostaza, y olían a plástico. El plástico de los flotadores, el del balón de Nivea. El plástico de los helados y de la manguera que salvó algunas tardes imposibles.

Nadie llevaba reloj, uno con calculadora si acaso, para escribir TETAS con los números al revés, y porque el Miguel no se sabía las horas y había que ponerle una alarma diez minutos antes de su toque de queda. Antes de la zapatilla en la nuca.

Al reloj nunca lo mirabas. Solo estaba ahí.

Los partidos de fútbol duraban cien horas. El que meta gana. Pero allí nunca ganaba nadie

Íbamos a todas partes corriendo. A la piscina, al callejón, a comprar el pan, a ningún sitio, porque los lugares no eran lo más importante. Las piernas infinitas. Y los vasos de agua de penalti al llegar, los del suspiro al terminar. “Bebe a modo que una vez un rey después de jugar un partido de tenis bebió un vaso de agua sin parar y se murió” decía siempre mi abuela. Los partidos de fútbol duraban cien horas. El que meta gana. Pero allí nunca ganaba nadie. Descansabas jugando al brilé. Y te enamorabas de la niña de la caravana de al lado que tenía más o menos tu edad. La coleta alta y las Victoria blancas, como si nunca se las hubiese puesto antes. Cuchicheaba con las demás desde lejos, las risitas escondidas tras las manos, y se acercaban de pronto a traición y la vida se convertía en una encuesta. “Qué prefieres, morir ahogado o quemado”, “Te gustan las niñas rubias o morenas”, “Cuál es tu Backstreetboy favorito”. Y tú que solo conocías a Nick porque le copiaste el peinado.

Siempre había tostadas por la mañana. Con mermelada, fresa o melocotón, qué más da, y te enfadabas porque tenías que ducharte para meterte al mar, a la piscina, y todos tus razonamientos se invalidaban con la sentencia universal: porque lo digo yo. No había miedo. A que te picase una faneca como mucho. Y no era la picadura lo que te atemorizaba. Lo que de verdad te asustaba era que algún padre sabelotodo obligase a tu mejor amigo a mearte encima. O peor, a la niña que te gustaba, porque, claro, ninguna persona adulta comprendería que te gustase una niña.

Los adultos, esos ignorantes seres vacíos. Nunca entienden nada.

En la siesta le robabas algunas monedas a tu abuelo. Que el abuelo había días que enganchaba la siesta con la cena y la cena con la cama y así de manera sucesiva. “La vida es dormir, comer y cagar” y un ronquido premonitorio de la hibernación al instante.

Las monedas no servían para mucho. Había que esconderlas de los niños mayores, que rondaban todo el día el kiosco. Obsesionados con los cigarrillos y la cerveza. Con algunas revistas de personas desnudas que decían eran de anatomía para que los más pequeños perdiésemos el interés. Nada como convertir cualquier acto en un deber escolar.

Con las monedas nos turnábamos en alguna de las maquinitas que tenían los bares. Los cinco minutos más largos de la historia humana. Una vez en que estábamos a punto de ganarle al enemigo final, robamos la propina que alguien había dejado sobre la barra. Nos terminamos el juego, pero cargamos con una culpa irreparable mucho tiempo. Demasiado.

Los veranos duraban exactamente dos meses. Para algunos menos, que tenían que ir a clases de apoyo y hacer exámenes de recuperación en septiembre. Menos los que suspendían gimnasia, que para esos no había clase ninguna. Jugar a las palas si me apuras. Deporte completo por excelencia: correr, golpear, saltar, volver a correr, flexionar. Algunas veces llamabas por teléfono a los amigos el colegio. El olvido es una enfermedad sin edad. Sin remedio. Nunca estaban en casa, pero al menos sabías que estaban bien. Jugando con otros, supongo. Enamorándose de otras niñas, entiendo.

Los vermús del domingo se hacían con la ropa de vestir. Nada de ir en bañador. Han pasado muchos años y todavía no existe una sensación que iguale las burbujas de la Coca-Cola con limón rompiendo en la nariz. Y jamás comer en la playa. Que se llena la tortilla de arena. Subías a un merendero con mesas de piedras y decenas de árboles altísimos. Allí no había arena que manchase la tortilla, pero sí avispas que picaban sin pudor.

El último día el verano era de color naranja.

No sé a donde fueron a parar aquellos veranos. Si eran mejores, o es que, simplemente, ya no somos los mismos de antes.

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