Sobre la ducha cotidiana

Publicado: 23 ago 2026 - 07:05
TXARKA
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Hay que estar aseados para recibir al fin del mundo. Intentar en lo posible que agua y jabón se lleven aquello que nos sobra. Hacerlo en la ducha, de buena mañana, cantando estribillos ñoños obsesivamente con voz grave, de monje. Debemos estar limpios de cuerpo y corazón. Lo primero es lo fácil. Quizá por eso insistimos tanto ahí, para que el perfume oculte otras podredumbres, narcotizar al otro con fragancias de artificio y simular una gracilidad espiritual sin residuo.

El aseo tiene que ser espartano y eficaz. En estos días de apocalipsis, mientras la tierra se convierte en arena y podemos escuchar el quejido de los árboles sobrecalentados, incapaces de bombear líquido de un subsuelo seco, hay que pensar en la sed del mundo. No nos merecemos una fiesta de agua, aunque nos excusamos con el despilfarro inconsciente de la agricultura industrial, la gestión irresponsable, la ñapa en el sistema. Tenemos que tratar la ducha propia como un naciente privado e ir al encuentro del agua como quien va a ver a un viejo amigo. Recordemos que en toda corriente habita una ninfa y también están en el grifo de nuestra ducha doméstica, susurrándonos palabras sabias a través de los agujeritos de la alcachofa.

La ducha, por tanto, debe comenzar en un pensamiento. Un pensamiento hacia el agua y sus divinidades protectoras, recordando que las tuberías de hormigón y PVC que discurren bajo calles y carreteras y entran y salen de nuestras casas también forman parte de la red vascular del mundo. Debemos cuidar las formas porque toda ablución, todo acercamiento al agua es una celebración y también una despedida. Decimos ducha y no baño, porque el baño no puede ser algo cotidiano, pero sí integrado en la vida como tratamiento excepcional, si se tiene bañera, un buen incensario y sales de Epsom para invocar a la sagrada romanidad desde nuestra casa. Es entonces, después de dar las gracias al agua por estar y salir mágicamente del grifo, cuando podemos girar la palanca y permitir el encuentro. La ducha, aunque así precedida, respirada, sacralizada, pensada, es algo ejecutivo, que debemos despachar rápido, sin un relajo frivolón. Hay que tener presentes a las buenas culturas del baño, árabes, vikingos, romanos con sus gradaciones térmicas y vapores rituales, que entrarán con nosotros al agua. Comenzaremos con el chorro caliente, que iremos templando hasta finalizar con un buen caudal de agua fría, lo más fría posible, para enviar el cuerpo hacia la muerte y permitir que regrese renacido.

Además de sagrada y breve, la ducha debe ser sencilla. Haremos espuma con la pastilla de jabón, que irá de las manos a los pliegues del cuerpo. No conviene enjabonar toda la geografía ni empeñarse en ese frotamiento burbujeante de los anuncios comerciales, que equiparan el baño al despilfarro suicida de esta civilización. Apliquemos un suave masaje de manos espumosas allí donde los cueros se doblan, suficiente para llevarse aguas abajo aquello que debe llevarse y permitir que sobrevivan colonias y películas de necesarios microorganismos. La misma pastilla, a ser posible de breas naturales y fórmulas sin venenos industriales, nos servirá para el cabello, donde aceptaremos algún ungüento extraordinario para el desenrede. Las toallas serán siempre blancas y de algodón. Bastan para secar cabello y cuerpo y no usar chismes achicharrantes. Como colofón, sellaremos axilas con piedra de alumbre y, si el día está coqueto, un bálsamo perfumado después del afeitado. Conviene ser prudentes con las cosas de la nariz y pensar como un egipcio, nunca como un occidental. Bendita ducha. Hagamos con ella mejor a ese ser nuevo que habitamos tras el sueño.

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