Sonia Torre
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Arrepentidos los quiere Dios, pero la sociedad también quiere que cumplan la penitencia. Que el arrepentimiento sea sincero o para convencer al fiscal y las acusaciones que reduzcan la petición de pena es harina de otro costal, que es lo que está pasando con los juzgados en la última pieza del “caso Gürtel” que llevan ya tantas condenas a sus espaldas y está acreditada su maldad que no les cuesta nada reconocer sus fechorías económicas. Pero hay una condena que no se puede negociar con la Fiscalía: el estigma de apestado social que le queda al delincuente.
Pero hay una condena que no se puede negociar con la Fiscalía: el estigma de apestado social que le queda al delincuente.
Esa ha sido la verdadera confesión del considerado “número dos” de la trama, Pablo Crespo, y la verdadera condena que cumple por unos actos que ahora le producen “rubor”. Los delitos económicos se purgan en prisión, pero el desprestigio social tiene mal arreglo. Sin llegar a la magnanimidad del altísimo, los amigos también están dispuestos a perdonar a los pecadores, pero por el camino habrá perdido a muchos de ellos. De ahí su pena.
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