Perder la paciencia

TINTA DE VERANO

Publicado: 26 nov 2025 - 04:10
Opinión en La Región
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El rugido del huracán Melissa en su paso por Cuba ha sido sustituido por un sonido más suave, no por ello menos inquietante: el zumbido que esparce una especie de presagio invisible, inundando patios y callejones, colándose por las rendijas de puertas y ventanas. Es el anuncio de la picadura del mosquito Aedes Aegypti, portador de temibles arbovirus, como los causantes del dengue, el chikungunya, la fiebre de oropouche o el zika.

Como escribía el prócer cubano José Martí, “hacer es la mejor manera de decir”

Las generosas lluvias estacionales han provocado que los charcos sobrevivan días enteros y que los depósitos de agua, tan necesarios cuando el suministro falla, se transforman en refugios perfectos para un enemigo que crece por millares; de modo que la frontera entre el remedio y el riesgo se ha vuelto dolorosamente fina en un paraíso de rincones olvidados, donde la basura se acumula y el calor se torna caldo espeso.

Los virus danzan sobre la isla caribeña como sombras pertinaces, tejiendo un mapa de fiebres y dolor que avanza más rápido que la capacidad humana de atajarlo. En todas las provincias, del Occidente al Oriente insulares, la gente habla en voz baja de los síntomas, como si relatar su padecimiento pudiera causarle mayor mal todavía. El país descubre su vulnerabilidad en la propia piel de su castigada y exhausta ciudadanía.

Cuba ha intentado convivir con huracanes, apagones y escasez; pero este enemigo de tamaño microscópico, multiplicado por millones de alas diminutas, siembra un cansancio distinto. La fiebre llega como un relámpago lento y los dolores articulares doblan los cuerpos de quienes antes eran capaces de resistir colas interminables bajo el sol abrasador. Los hospitales, ya golpeados por años de carencias, sienten el pulso acelerado de la epidemia.

Médicos agotados, personal que improvisa y familias que esperan un diagnóstico a veces incierto, pero muchas veces intuido, pues los síntomas se mezclan: fiebre alta, erupciones, dolor de cabeza y un abatimiento que hunde las fuerzas desde lo más hondo. En tal entorno, distinguir un virus de otro exige más recursos de los que están disponibles. Y así, la incertidumbre se convierte en otra enfermedad paralela, que nadie menciona, pero todos sufren.

Entretanto, la vida intenta seguir adelante. Los vendedores ambulantes pregonan como pueden, las madres abanican a sus hijos enfermos en las noches calurosas, los ancianos contemplan el cielo con la paciencia de quien ha visto pasar demasiadas tormentas como para perder la fe. La isla continúa moviéndose, pero tan lento y con tantos altibajos que más bien parece un caimán malherido, a merced de las picaduras de los implacables insectos.

Como escribía el prócer cubano José Martí, “hacer es la mejor manera de decir”. ¿De qué le sirven a la población los discursos vacíos y las llamadas a la responsabilidad colectiva, cuando las fumigaciones no alcanzan, las infraestructuras se desmoronan y los servicios nunca llegan a tiempo? La Isla ha estado demasiadas veces intentando sobrevivir a sus propias grietas y, desgraciadamente, el único recurso infinito es la compasión.

Si algo define a Cuba es que, incluso en los momentos más duros, su pueblo ha mirado hacia adelante con un gesto paciente, casi poético, convencido de que el alivio siempre acaba llegando, como sucede con los vientos frescos tras el huracán. Pero ahora la esperanza se agota, a medida que el aliento ciudadano desfallece. Y, si ya dicen que la esperanza es lo último que se pierde, mucho antes, entonces, la paciencia.

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