Eduardo Medrano
Motín de Esquilache
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En mi primer viaje a Madrid, muy a comienzos de los años 70, acompañé a mis padres a El Corte Inglés, entonces y para mí con más poder de atracción que el Museo del Prado. Qué se le va hacer, no todos nacen eruditos ni descendemos de la pata del caballo de El Cid. Lo único que me atraía de los grandes almacenes, que así se les conocía entonces, eran las escaleras mecánicas. De hecho hice perder la paciencia a mi madre porque subía y bajaba a todas las plantas sin parar, como un tiovivo gratuito. Años después, en Ourense las Galerías Proyflem incorporaron escaleras mecánicas para subir de doctor Fleming a Progreso, lo que supuso un avance en la ciudad a la que se le daba por horadar las calles con galerías de tiendas, que acabaron siendo las catacumbas comerciales de hoy.
Eso coincidía con la edad un poco más gamberra: esperábamos un despiste del vigilante para darle al botón rojo de la parada cuando iba una persona mayor subiendo. El destino nos estaba esperando y el calendario también. Coincidí con un amigo de la EGB que me ayudó a rememorar aquellos tiempos con la puesta en marcha de las nuevas rampas y escaleras mecánicas de la plaza de As Mercedes, un ejemplo más de nuestra ciudad ortopédica. "¿Te fijas cómo apenas hay parques para que los chavales jueguen?", me dice contrariado. "Eso es porque los chavales no votan y los ancianos, sí", se contesta. Trato de desmentirle diciéndole que el Concello hace de Ourense una prótesis porque ve en la senectud el único futuro. No es casualidad que las escaleras suban hasta las proximidades del cementerio de San Francisco. El alcalde, siempre atento a las estrategias de progreso, planifica que por las rampas puedan subir también los ataúdes, para ahorrar trabajo a los porteadores. Abrirá las comitivas fúnebres el propio Jácome tocando algún instrumento o haciendo de director de la orquesta del Titanic minutos antes de irse a pique. Hará una versión cutre de "Escalera al cielo", la canción de Led Zeppelin que compusieron Robert Plant y Jimmy Page. El remix que toca el regidor es el de una ciudad de bastones, andadores y muletas. Y de escaleras mecánicas, que lo mismo van al cementerio o al cielo, aunque no a El Corte Inglés.
Hacen falta también escaleras mecánicas en la Casa Consistorial, sobre todo desde la planta baja hasta el primer piso, donde está el salón de plenos, donde se reúnen al menos una vez al mes los 27 concejales. Pese a lo jóvenes que son la mayoría parece como si llevasen ahí más años que los maceros, incapaces de marcar el rumbo de una ciudad ramplona. Ir al salón de sesiones es como quien va a la planta de oportunidades, con su baratillo de artículos descatalogados. Necesitan subir ayudados no por problemas de movilidad, pero sí por sus muy notables carencias de oportunidad y estrategia política. La institución en la que están no paga a los bomberos, el alcalde les deja como peseteros (¡y lo dice él!), el PP hace que se escandaliza porque las termas están cerradas, el concello no paga en tiempo y forma a los proveedores pero sí recauda puntual... Y tantas otras cosas, convertidas en noticias viejas por repetidas, por estériles y sin capacidad de reversión. Inútiles, también las noticias. Ya no solo en ese sentido la institución se ha quedado en una ortopedia sino que los representantes de la oposición (mayoría) no son capaces de capilarizar sus alternativas, de interpretar un sentir en la ciudad, si es que aún hay un sentir, que también es para dudar. A este paso harán oposición por whatsapp, aunque quizá no sea el mejor momento.
En torno a 2.700 millones de personas en el mundo tienen instalada la aplicación de whatsapp en su móvil, aunque esta semana solo han tenido interés los de Pedro Sánchez y José Luis Ábalos. Algunos socialistas, dicen, tienen rojas las venillas de los ojos revisando el suyo, no vaya a ser. El asunto está muy trillado y las consecuencias últimas aún están por ver. En el debate ha estado si es lícito difundir "conversaciones privadas", pero esa discusión muere de vieja porque ya todo el mundo se ha echado al patio de luces a comentar con el vecindario lo de estos dos señores. Una vez superado el asunto de la licitud de los métodos, la sustancia ha sido lo que decían los mensajes. El terremoto político está rompiendo los sismógrafos en España, precisamente por el calado de lo conocido. Hace dos años en Ourense La Región publicó un serial de audios que tenían al alcalde Gonzalo P. Jácome como protagonista. En ellos se evidenciaba una auténtica aversión por la ejemplaridad institucional. Lo de "dar el palo a lo grande" y cosas por el estilo han sido frases que podrían ir al libro de actas de las reuniones de Curro Jiménez. Los partidos en la oposición hicieron lo justito, incapaces de manejar el arsenal político que el periódico les puso a su alcance. Poco después voltearon los ojos mirando a la Justicia para que deshiciese el entuerto, como si los togados tuviesen que hacerle los deberes a los políticos. Por lo que se refiere a la mayoría de los ciudadanos, estaban pendientes de la inauguración de las rampas de la calle Concordia, unos días antes de las elecciones municipales. Eso, el bono comercio (ojo a los que vienen) y la impericia de los otros partidos dieron el resultado conocido. No hay en el horizonte escándalo mayor en el Concello (o sí), a salvo de que se filtren whatsapp de Ábalos y Jácome. Prometerían.
Mira tú la Praza de San Antonio que gallarda luce aún cuando las sucesivas sentencias judiciales les han carcomido (y carcomen) los mismísimos cimientos. Mira tú como el Concello de Ourense ha pedido ahora la inejecución de una sentencia que declara público el suelo en el que se ubican dos aparcamientos privados, tanto de particulares como de rotación horaria. Mira tú como el alcalde Jácome implora el virgencita que quede todo como está, que es justamente lo contrario de lo que exigía cuando estaba en la oposición. Mira tú como entonces, cuando se enfundaba su traje de Llanero Solitario para redimir a Ourense de los vicios políticos, batalló judicialmente contra la situación de la plaza. Mira tú como esta situación puede abrir camino a pedir indemnizaciones millonarias al Concello que, llegado el caso, pagaría todo quisque de sus impuestos. Mira tú como, más allá de este hecho, Ourense arrastra aún hoy importantes galimatías urbanísticos. Mira tú.
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