Miguel Michinel
TINTA DE VERANO
El petróleo de Venezuela
TINTA DE VERANO
Quien espere que el arresto de Maduro resuelva la crisis venezolana no comprende la verdadera naturaleza del asunto. La detención del presidente de un país con las mayores reservas petroleras del planeta no es tanto un mero acto de justicia internacional como el reconocimiento tácito de que Venezuela se ha convertido en un problema que nadie sabe cómo resolver: un Estado con recursos inmensos e instituciones destruidas.
El timing del arresto no es casual: ocurre mientras Europa busca desesperadamente alternativas al petróleo ruso, China consolida su influencia en América Latina y Estados Unidos recalibra su estrategia energética ante un mundo multipolar. Venezuela posee un petróleo pesado que las refinerías estadounidenses están específicamente diseñadas para procesar. Esa dependencia técnica explica que Washington no pueda ignorar completamente a Caracas.
Las refinerías del Golfo de México fueron diseñadas para procesar crudo pesado venezolano. Reemplazarlo con otras fuentes es posible pero ineficiente y costoso.
Lo extraordinario del caso no es que Venezuela nacionalizara su petróleo en 1976, sino que lo hiciera bien. PDVSA fue durante décadas un modelo de empresa estatal competente: meritocrática, técnicamente sofisticada, financieramente disciplinada. Incluso adquirió CITGO en Estados Unidos, expandió operaciones globalmente y reinvertía sistemáticamente en su infraestructura. El problema nunca fue la propiedad estatal, sino lo que vino después.
La destrucción comenzó en los años 2000, cuando PDVSA dejó de ser una empresa petrolera para convertirse en instrumento político. La purga de 2002 expulsó a 18.000 empleados cualificados. No fueron despidos ordinarios: fue la destrucción deliberada de memoria institucional. En industrias complejas, como el petróleo, el conocimiento crítico no está en manuales sino en cabezas. Cuando esas personas se van, ese conocimiento desaparece.
Estados Unidos enfrenta ahora una paradoja estratégica. Detener a Maduro satisface demandas populares y envía señales políticas contundentes. Pero no resuelve el dilema energético. Las refinerías del Golfo de México fueron diseñadas para procesar crudo pesado venezolano. Reemplazarlo con otras fuentes es posible pero ineficiente y costoso. Cada día que Venezuela permanece colapsada es unos más que China y Rusia profundizan su influencia
Washington debe decidir ahora si busca castigar o reconstruir. No puede hacer ambas cosas a la vez. Y aquí es donde la geopolítica se vuelve verdaderamente compleja. Beijing ha invertido decenas de miles de millones en Venezuela mediante acuerdos petróleo-por-préstamos. Moscú ha proporcionado respaldo diplomático y técnico. Pero ninguno de los dos ha podido revertir el colapso productivo.
La soberanía sobre recursos naturales sin capacidad institucional para explotarlos es una ilusión. Venezuela requiere ahora una reconstrucción distinta a la nacionalización de 1976. Entonces, el país heredó refinerías funcionando, personal capacitado y procedimientos establecidos. Hoy debe reconstruir todo desde cero. Y lo que es todavía más importante: los inversores internacionales ya han visto esta película antes.
El verdadero problema no es quién gobierna Venezuela, sino, más bien, si ese gobierno puede -o quiere- reconstruir instituciones. El petróleo venezolano seguirá bajo tierra, accesible teóricamente, pero inalcanzable prácticamente; hasta que alguien demuestre capacidad para lo más difícil: no para extraer crudo, sino restaurar la confianza institucional Esa es la verdadera encrucijada que enfrenta Venezuela, y ningún tribunal en Nueva York puede resolverla.
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