Gonzalo Iglesias Sueiro
Verdad social y polarización
¡ES UN ANUNCIO!
Varios palos afilados en forma de pincho, los bolsillos llenos de piedras, unos cartones de la tienda de electrodomésticos a modo de escudo y un par de pistolas de agua. Fueron las armas que pudimos reunir. Pensé en robarle el martillo a mi padre, pero estaba montando el suelo de la cocina y en seguida se percataría de su ausencia.
Maldito día en que el Iván le dijo a la Miriam que le gustaba. Que ella ya estaba medio ennoviada con el Rubén.
Al Rubén le llamaban EL PEQUE porque ya iba con los mayores. Formaba una especie de banda con EL FORMI, que su padre se dedicaba a algo del hormigón, EL BULLAS, que no necesita explicación alguna, y varios rapaces más que eran muy quinquis hasta que aparecían sus madres.
Pero sí, la culpa fue del Iván. ¿Por qué se tendría que enamorar?
Nos citaron después de la merienda en la cancha de abajo. La merienda, seas quinqui o no, es algo sagrado y comprensible, ¡cómo vas a pelear con el estómago vacío!. El Iván, El Jaime, el Miguel y yo nos reunimos en la casa del Oteca. Una mansión presuntuosa que estaba situada justo en el centro geográfico entre nuestras casas. Cero esperanzas.
No fuimos capaces de trazar un plan más que les tiramos todas las piedras desde lejos y si se acercan les clavamos los pinchos. ¿Y las pistolas de agua? Es que las pistolas siempre quedan bien. Dijo el Jaime.
A mí los mayores no me daban miedo. Lo que de verdad me aterraba eran las patadas en los huevos. Que luego se suben para arriba y duele un montón bajarlos.
No nos hablamos durante el camino. Como unos guerreros adoctrinados que se concentran a paso firme y ligero.
“Yo le dije a mi madre que la quería mucho por si no vuelvo” fue el Miguel el único que rompió el silencio.
Llegamos tarde porque al Iván le dieron ganas de mear, y el Iván cuando mea tarda una barbaridad que su madre siempre le está con el cuento de echar la piel para atrás que luego lo va a agradecer. Estaban allí de pie, esperando apoyados en el aluminio de las porterías. Eran más altos y más fuertes que nosotros. No tenían armas. Y eso me asustó todavía más.
Nos colocamos en el centro de la cancha, unos enfrente de otros, como si fuésemos a guardar un minuto de silencio. El nuestro, pensé. Nos insultaron a metro y medio de distancia. Sin acercarse. Tiesos con los brazos arqueados.
“¿Quién mete primero?” dijo el Jaime ya cansado de tanto adjetivo injurioso.
Y nada.
Nos dimos cuenta de que nadie dentro de aquel círculo central se había peleado jamás.
“Mejor echamos un cuatro para cuatro y el que gane ganó” sugirió el Formi.
Perdimos siete goles a cero y no reclamamos ninguna falta. Perder también supone algún tipo de habilidad.
La Miriam y el Peque están casados y tienen un hijo. El Iván todavía echa la piel para atrás al mear.
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