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Publicado: 15 nov 2025 - 04:40
Opinión en La Región
Opinión en La Región | La Región

Noté como las pupilas se me dilataban. Las manos me empezaban a sudar y la saliva ya casi no me cabía en la boca. Síntomas habituales de transeúntes y paseadores de la Calle Villar. En mi caso no se debía al tumulto de señoritas escasas de ropa que frecuentaban dicha calle de perversión para ganarse la vida. Para arruinarla quizás también.

En mi caso, la culpa era del Pincha Precios que habían abierto allí. Una cadena de supermercados humilde donde mi abuela solía hacer la compra en detrimento del Simago. El Sí Mango no pago para pequeños rateros ocasionales como yo. Pero las ofertas eran mejores y los productos de marca Spar más baratos.

En el Pincha Precios comenzó a alimentarse mi pequeña y excéntrica obsesión por las cajeras. Todavía te recuerdo Marijose.

Mi abuela me enviaba al Pincha Precios una vez por semana. Con una nota de comprensión casi indescifrable y un monedero que contenía una cantidad aproximada al valor de los productos solicitados. La norma era clara: si te sobra algo guárdalo o cómprate lo que quieras. El ahorro, a esa edad, era un concepto utópico con significado confuso.

La mecánica sencilla, yo le daba la nota a Marijose, ella hacía la bolsa, me decía cuanto sobraba y yo buscaba alguna chuminada.

Hasta el día en que no sobró.

No sé qué tipo de cara esbocé, la tristeza infantil es un concepto imposible de medir. La cajera, impotente ante mi expresión de decepción abrumadora me llevó al almacén. Llévate esta caja de galletas, yo te la regalo. Será nuestro secreto. En la caja, rotulada con un PRINCIPITO en azul y un dibujo diletante de un niño con corona, habría al menos cincuenta paquetes de galletas de chocolate.

Cuando me preguntan cual fue el día más feliz de mi vida me encantaría poder responder el día en que Marijose me regaló una caja de galletas. Pero nadie me creería.

La escondí debajo del sofá del cuartito del piso de mi abuela. Lejos de mi hermano y, sobre todo, de mi padre, porque mi padre tiene una relación tormentosa con el chocolate. De este modo me limitaría a hacer pequeñas visitas a escondidas sin que nadie se diese cuenta de mi botín. Un plan sin fallos. Una felicidad sin fisuras.

Al tercer día algo no andaba bien.

Noté como el ojete se me dilataba. Las manos me sudaban y unos calambres me pinchaban el abdomen de lado a lado. Idas y venidas al baño. Mear por el culo. Me subía la fiebre y las fuerzas habían desaparecido. Me encontró mi abuela sentado en el hueco inútil que hay entre el retrete y el bidé. Pero qué comiste neniño. Unas galletas que me dieron en el Pincha.

Revelé el escondite, mi abuela revisó la caja “Consumir preferentemente antes de junio”, era el 20 de septiembre.

Volvimos al Simago, será cierto, que al final lo barato sale caro.

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