Ramón Pastrana
LA PUNTILLA
Nicolás
Los incendios desaparecerán cuando el monte valga más que el fuego. Muertes, heridos y devastación es el saldo de la acción del fuego a lo largo de la geografía nacional, con un origen, por descontado, multifactorial, y en el que existe también una nómina de responsables que, para variar, escurren el bulto y no arriman el hombro ni para apagar la llama de una cerilla -por lo general libre designados-, y que pierden el culo por encontrar cuanto antes a un chivo expiatorio.
Por eso, primero que nada, hay que diferenciar al pirómano del incendiario, de modo que, si el primero es un enfermo que padece una pulsión incontrolable por observar el fuego, iniciándolo si es necesario y manteniéndose siempre cercano al escenario de las llamas, el segundo es un simple oportunista que obtiene algún tiempo del rendimiento por su acción criminal.
Dicho esto, la siguiente cuestión consiste en entender y aceptar que el monte es un ecosistema que requiere mantenimiento. Apenas unas décadas atrás, el mundo rural hacía un uso intensivo de las materias que ofrecía. El tojo, que junto al helecho y la broza era utilizado tanto como lecho en las cuadras como para fertilizar el suelo; la acacia, que proveía de estacas para atar las distintas plantas de cultivo. La pinaza y las piñas secas, dedicadas a encender el fuego del hogar. Las ramas bajas de los árboles para ser utilizadas como combustible de estufas y chimeneas. A esto hay que añadir la tala de los árboles secos que, igual que como leña, se derivaban a la producción de carbón vegetal y la fabricación de pez. Es decir, en el monte no sobraba nada y, cuando llegaba la época estival solo conservaba el mantillo de las raíces, pero el suelo limpio y despejado, con árboles sin ramas bajas que pudieran prender tan fácilmente.
Entonces, ¿por qué se buscan y capturan incendiarios, que a la hora de la verdad nunca condenan?
El abandono del campo, eso que ahora se da en llamar la España vaciada, unido a las nuevas tecnologías, usos, bienes y costumbres, ha traído como consecuencia el descuido total de los sotos, que año tras año acumulan más madera seca, ramaje, broza... o lo que es lo mismo, el mayor almacén de combustible. Al éxodo rural se suma la edad de los que permanecen, personas mayores, a las que no se les puede exigir que desbrocen el boscaje. Por otro lado, los comunales muchas veces también están abandonados y, en última instancia, muchas de las pensiones son exiguas como para poder costear a empresas de silvicultura, mientras la leña se acumula cada año aun más.
Ahora conviene pasar a la cuestión de cómo y por qué arde la vegetación. Los talluditos recordarán que esto que ahora le llaman ola de calor, antes se llamaba verano. El estío era así: había que madrugar para ir por la fresca y refugiarse en casa a partir del mediodía -de ahí lo de almorzar a las doce-, para no volver a pisar el exterior, como más temprano a las seis de la tarde. Entre julio y agosto descargaban tormentas, algún rayo partía un pino o un carballo, y empezaba el guirigay.
Pues bien, ese calor estival es suficiente para secar las hierbas más delgadas y con menor raíz, que al perder agua liberan compuestos orgánicos volátiles inflamables como hidrocarburos y terpenos, para cuya ignición basta con el calor solar. Esta es la explicación por la que arde la mayoría del monte, por causas naturales inherentes a que esté sin sanear.
Entonces, ¿por qué se buscan y capturan incendiarios, que a la hora de la verdad nunca condenan? Porque para eso hacen falta pruebas que, por lo general, no hay. ¿Luego, por qué se detiene tan rápido a los presuntos responsables? Porque a lo largo de la historia, los gobernantes han aprendido a señalar a un culpable que satisfaga la sed de sangre mientras apartan la ira del respetable de los verdaderos culpables, los responsables de gestionar la cosa pública para evitar que haya incendios, pero que andan siempre ocupados en desviar los recursos y crucificarse entre ellos; y es que, como dijo el genial actor y cómico Groucho Marx, la política es el arte de buscar problemas, encontrarlos, hacer un diagnóstico falso y aplicar luego los remedios equivocados.
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